Mucho se ha discutido sobre el verdadero origen del mártir
San Antolín. Que fuera sirio, lo afirman serios estudios históricos; pero la
tradición y la leyenda lo hacen francés, de Pamiers, cuya catedral comparte con
la de Palencia el común patronazgo.
LA LEYENDA DE
SAN ANTOLÍN
Instalados los visigodos en territorio francés a principios
del siglo V, Teodorico I había entregado Apamia (Pamiers) a su hijo Federico. Un
hijo de éste es el príncipe Antonin, en español Antonino o Antolín. Convertido
al catolicismo, evangelizó el país y fue martirizado en el año 507 por los
visigodos que permanecían aún fieles al arrianismo. Sobre su lugar de martirio,
se fundó la antigua Abadía de St. Antonin, citada por vez primera en documentos
de 961.
A Wamba, sucesor de Recesvinto, se le atribuye el haber traído
a Palencia las reliquias del mártir San Antolín. Reliquias que serían
escondidas ante la invasión musulmana, en la famosa cueva de la catedral
palentina, donde las hallaría milagrosamente el rey Sancho III de Navarra
apenas iniciados los años 1000,
a decir de las Crónicas. Este rey, posteriormente,
repoblaría Palencia, restableciéndose el obispado.
Artículo del profesor Don Manuel Fernández Espinosa en el que repasa los proyectos "regeneracionistas" llevados a cabo en España desde la implantación del sistema modernista-liberal. Por la importancia de lo tratado con vistas a una recuperación de nuestros verdaderos valores en un futuro próximo, reproducimos el artículo publicado originalmente en la Revista Raigambre conel consiguiente permiso del autor.
El vocablo “regeneración” aparece en el vocabulario político español en el siglo XIX, pero no es un término propio del ámbito político, sino que éste lo incorpora a su léxico extrayéndolo del ámbito de las ciencias naturales, tan en boga en aquellas calendas; en concreto de la medicina. “Regeneración” es, sensu stricto: la capacidad biológica de un organismo vivo para reconstruir por sí mismo sus partes dañadas o perdidas. Para entender la adopción del término médico al campo politológico huelga decir que detrás se halla una imagen anatómica de la nación (en este caso, la española) que a manera de cuerpo social es considerada como un organismo que, debido a unas razones (que hay que descubrir) presenta daños de mayor o menor severidad. El regeneracionismo se propuso estudiar auxiliado con varios métodos tanto de disciplinas tradicionales como de ciencias de nuevo cuño las razones de la decadencia de España, para aplicarle a ésta las soluciones que cada cual consideraba más efectivas. En ese sentido existe una variedad de conclusiones, cada "regeneracionista" tenía las suyas.
La “regeneración” (sería mejor decir el “regeneracionismo”) tiene a sus espaldas en España una dilatada tradición que podríamos incluso retrotraer a la generación de aquellos que propiamente se hicieron denominar “regeneracionistas” o merecieron tal apelativo. Por ejemplo, el proyecto federalista de Francisco Pi y Margall no dejaba de ser un intento de “reconstituir” España y aunque no es “regeneracionismo” en su sentido lato, la doctrina política pimargalliana dejó su impronta en algunos regeneracionistas.
Este federalismo pimargalliano es importación de esquemas racionalistas que, ante la magnitud de los problemas generados por la implantación en España del liberalismo a lo largo del siglo XIX, trataba de “reconstituir” la nación entendiendo que ésta había sido artificialmente unificada desde el centralismo, según abstracciones de todo punto inconvenientes a la pluralidad regional y ajenas a la tradición administrativa y territorial de España. A la luz de la forma que España había adoptado al ser configurada según el sistema centralista liberal, los federalistas sintieron que España había degenerado y propusieron que para su “reconstitución” o “regeneración” era menester descomponerla, para en un posterior momento recomponerla. El problema de nuestros federalistas (de los de antaño y hogaño) es que pretendieron, en el mejor de los casos, curar un cáncer extraño (el centralismo) con otro cáncer no menos extraño (un federalismo abstracto de importación). Pero válganos aquí establecer una equivalencia entre “regeneración” y “reconstitución”, pues “regeneración”, en la primera acepción que trae el diccionario de la RAE, vale por “dar nuevo ser a algo que degeneró, restablecerlo o mejorarlo”. Pi y Margall no habla que recordemos de “regeneración”, pero sí que insiste en la “reconstitución”, por más que lo haga desde parámetros de carácter anarco-individualista. De alguna u otra forma, “reconstituir” un organismo es “volver a constituirlo, rehacerlo”.
Sin embargo, dejando a un lado a Pi y Margall y su proyecto de reconstitución de España, la línea clásica del regeneracionismo español decimonónico apostaba por la europeización de España. Es así como Ortega y Gasset pudo decir: “Regeneración es inseparable de europeización […]Regeneración es el deseo; europeización es el medio de satisfacerlo”.
Eso pudo ser en tiempos de Ortega y Gasset, pero no tiene por qué serlo en nuestros tiempos. La regeneración de España, si es que todavía es posible, no puede consistir para los tiempos en que vivimos en más “europeización”, pues una de las causas de nuestra degeneración actual ha sido justamente la febril e irresponsable “europeización” en todo lo peor que pueda tener la “europeización”. No: el medio de satisfacer el deseo de una regeneración (o “reconstitución”) para nuestros tiempos no puede consistir en dejar de ser nosotros mismos (más todavía de lo que lo hemos hecho ya, en cuarenta años), cediendo nuestra soberanía, hipotecándola hasta laminarla, sino que para el siglo XXI mejor hiciéramos en postular más bien lo contrario: la única posible regeneración del siglo XXI consistirá en reintegrar en la vida social e individual las ideas-fuerza que configuraron a España como esa entidad “diferente” que contrasta con el resto de Europa y que establece una distancia entre lo comúnmente “europeo” y lo genuinamente “español”.
Esas ideas-fuerza y esas realidades que hicieron de España lo que es (sin confundirse con otra nación europea) son la verdadera constitución interna del país. Desde el pasado más remoto esa “constitución interna” (ágrafa y antiquísima, anterior a la impostura constitucionalista de 1812) es la Tradición Hispánica que, cifrada en sus ideas-fuerza, viene a tener por ingredientes: el Catolicismo; la Monarquía tradicional; la democracia municipal (lo contrario de la democracia partitocrática); el patriotismo (sin confundir con nacionalismos románticos, ni siquiera españolistas). Si esas ideas-fuerza nos preservaron de todas las invasiones que amenazaron con destruirnos, que pugnaban por hacernos desaparecer de la faz de la tierra, no vemos la razón (a menos que se apueste por el suicidio nacional) de no reivindicar nuevamente y siempre las mismas ideas-fuerza.
La defensa de la monarquía tradicional (que, todo sea dicho, muy poco tiene que ver con la monarquía constitucional vigente hoy en día y tampoco con la monarquía absolutista) podría exigir muchas aclaraciones y puntualizaciones que no creemos que sean de especial relieve para lo que aquí nos proponemos; no queremos extraviarnos por los sinuosos caminos de una restauración monárquica en la persona de éste o el otro pretendiente, tampoco discutir ni sobre la legitimidad de origen ni la de ejercicio: son temas sin duda interesantes, pero por esta vez se los dejamos con sumo gusto a los especialistas en árboles genealógicos. Pasa, por lo tanto, que a efectos de nuestro discurso, a partir de este momento apenas vamos a referirnos a la cuestión de la monarquía (evitando ese falso debate sobre monarquía-república, así como otros no menos tediosos). No menos problemático se haría justificar el catolicismo consustancial a España ante una sociedad secularizada, cuando hasta la misma jerarquía eclesiástica parece rehusar sus derechos históricos. Por esa razón, aunque podríamos abordar estas cuestiones en otro momento, nos bastará afirmar las ideas-fuerza, sin entrar en más detalles: España es católica (lo cual no quiere decir que a todo el mundo se le imponga la religión católica, eso sería un despropósito en nuestros tiempos: pero sí remarcar que a la religión católica hay que respetarle los derechos históricos). España es monárquica. España es democrática (en un sentido sumergido que hay que reeditar, pues se perdió hace siglos) y es patriota (el regionalismo así lo expresa; el nacionalismo centrífugo, aunque sea una desviación, así lo confirma: el español ama su tierra natal). Y solo una política que haga suyas estas líneas directrices podrá regenerar España; la que no los asuma, podrá hacer cualquier cosa, pero no será España.
LA POLÍTICA SIN PANFILISMOS
Nuestra tesis es muy sencilla: sostenemos que la política está obturada para cualquier iniciativa política (grupo político público, llámele como plazca el lector) que sostenga una propuesta o un discurso lo más aproximado a las ideas-fuerza de nuestra constitución interna, acorde con unos principios basados en la ley natural, defensor de lo que ha sido hasta hace poco lo “normal” y a su vez esté movido por las intenciones más honestas de poner en práctica una política de este tipo. Pero, ¿qué entendemos por “política”?
Para evitar la prolijidad y omitiendo disquisiciones que no vienen al caso, podría valernos la definición que nos da Ortega y Gasset sobre lo que significa “política”: “La política puede significar dos cosas: arte de gobernar o arte de conseguir el Gobierno y conservarlo”. La política ha sido desde siempre un ejercicio que se desarrolla en dos vertientes que vienen a confluir: conquistar el poder y conservarlo con el más adecuado arte de gobernar. Es un ejercicio demagógico el de aquel que traslada a la opinión pública que el poder lo vaya a conquistar toda la comunidad de gobernados y es una ingenuidad irrisoria (“panfilismo” le llamamos) la de quien, como sujeto gobernado, piense que él tiene o ejerce algún poder.
El poder lo ambiciona un grupo (con mejores o peores propósitos; mejor o peor organizado); el poder lo conquista un grupo (con mejor o peor estrategia; con mejor o peor suerte) y el poder, si no quiere perderlo, tiene que conservarlo el grupo que ha obtenido ese poder. El grupo que aspira a la conquista del poder se ha denominado a lo largo de la historia con muchos nombres. En “democracias” como las contemporáneas (si es que lo son; lo cual está por averiguar) los grupos que “públicamente” aspiran al poder se presentan bajo el membrete de “partido político”: estos “partidos políticos” pueden, a su vez, contener (y ocultar) a otros grupos menos públicos que financian e impulsan, por sus particulares intereses, al partido de marras para acaparar siquiera una porción del poder que el partido haya conquistado. De este modo, los grupos políticos públicos se convierten en “caballos de Troya” de camarillas que por sí solas no podrían asaltar el poder y que, una vez ocupado el gobierno por el partido político patrocinado por ellas, pasarán la factura a éste, reclamando del partido gobernante el desarrollo, por ejemplo, de una actividad legislativa a favor de los intereses particulares de esos grupos de presión (lobbys); “grupos de presión” que muestran una naturaleza semi-pública (y “no-política” en su acepción convencional). Hasta aquí, esto es lo que nos interesa saber en lo concerniente al significado que para nosotros tiene el término “política”.
A pesar de las críticas que el actual sistema político español ha recibido desde que se instauró, ningún gesto ha hecho este sistema por cambiar. Al revés de ello, con una asombrosa impavidez ha permanecido impermeable a cuantas críticas (incluso constructivas) y requerimientos se le han podido hacer.
Para un republicano como Antonio García-Trevijano: “la democracia europea designa una corrupta forma de gobierno oligárquico, bajo la denominación de “Estado social y democrático de Derecho”. El actual Estado de partidos”: y, lógicamente, el eminente republicano granadino incluía a la España actual en esa categoría. En fecha tan lejana como 1997, Justino Sinova y Javier Tusell, con menos virulencia que García-Trevijano, enumeraban hasta ocho problemas que presentaba este sistema en lo concerniente al sistema electoral vigente en España, a saber: 1) El sistema no conecta adecuadamente a los electores con sus elegidos. 2) Da un poder desmedido a las cúpulas dirigentes de los partidos. 3) Facilita la aplicación de una disciplina de hierro en el partido y en el grupo parlamentario. 4) Deja sin sentido las pretensiones constitucionales sobre el mandato imperativo. 5) Prima excesivamente a los grandes partidos. 6) Prima también a los partidos y coaliciones que compiten en un ámbito reducido. 7) La división del territorio en circunscripciones electorales provinciales es también una fuente de desigualdad. 8) El sistema hace que demasiados votos sean inútiles.
Si alguien supiera que se haya articulado y realizado, del año 1997 a esta parte, alguna reforma conducente a resolver estos problemas enunciados, que me lo haga saber.
Teniendo en cuenta estos defectos constitutivos del sistema (tanto a escala europea como nacional) y pudiéramos añadir muchos más, hay que decir también que, a día de hoy, en España es prácticamente imposible que una iniciativa política de signo patriótico y defensora de las ideas-fuerza tradicionales (bajo la marca de grupo político que concurre a unas elecciones) pueda aspirar a hacer política y, con ello, que es de lo que se trata en este libro, llevar a cabo un plan político de regeneración de España. A las pruebas nos remitimos.
Es cierto que son muchos los factores que impiden que eso sea así, pero no es menos cierto las deplorables explicaciones que alegan los líderes fracasados de estas iniciativas ante la minoría de sus grupúsculos insignificantes: hemos oído achacar sus fracasos a turbias conspiraciones secretas, sin que al parece a ninguno se le haya pasado por la cabeza -por ejemplo- el honorable retiro de la política (si es que puede llamarse “política” a lo que han venido haciendo): retirarse, para entregar el relevo a generaciones jóvenes que están empujando. La serie de fracasos que las múltiples iniciativas políticas (me refiero a las opciones políticas que más o menos asumen las ideas-fuerza tradicionales) han cosechado tiene explicaciones más plausibles y menos enrevesadas que la teoría conspirativa. El correlato de esos fracasos ha sido la marginalidad con el más espantoso ridículo ante las urnas, reeditando a porfía el fracaso durante décadas, pero no lo suficiente como para desaparecer del mapa sociológico. Y si estas iniciativas no han desaparecido es por ser muy útiles al mismo sistema. Al sistema le es necesario que se mantengan en pie algunos grupúsculos (siempre minoritarios y marginales) que puedan ser tachados de “extrema-derecha” y a los que recurrir para agitar el fantasma del fascismo, que es uno de los mitos más socorridos de las democracias corrompidas para despertar los terrores largamente incubados en el subconsciente de la masa dominada. Las razones por las cuales fracasa toda iniciativa que explicita algunas de nuestras ideas-fuerza debieran ser sobradamente conocidas, pero parece que nadie las quiere decir en voz alta. Y es hora de declararlas.
El régimen surgido tras la muerte de Francisco Franco ha existido y existe a fuerza de negar todo aquello sobre lo que (aunque fuese a título retórico) sostuvo y exaltó el franquismo. Patria, España, Religión, Ejército, Municipio, Sindicato Vertical, Tradición, Familia, etcétera fueron términos empleados pródigamente por el franquismo en su propaganda y constantes en su entramado ideológico. El régimen que siguió al franquismo estaba compuesto de miembros que habían formado un todo con el mismo franquismo y (para poder sobrevivir “políticamente” a un régimen personal) no pararon mientes en renegar de todo cuanto sonara a franquismo: era para ellos necesario distanciarse de la terminología (incluyendo el universo de símbolos) con la que se identificaba el anterior régimen. La estrategia de las elites franquistas para dar el salto a la nueva situación, reciclándose y perpetuando su presencia en los puestos dominantes, convirtiéndose en poderes aceptables y admitidos por el antifranquismo (al que, por cierto, tanto temían) consistió en sepultar hasta el último vestigio del franquismo por ellas mismas profesado con anterioridad y que pudiera delatarlos; por eso mismo la derecha del sistema se distanció todo cuanto pudo del vocabulario y la simbología franquista, amagando una aproximación a la democracia cristiana o al liberalismo hegemónicos en la derecha occidental (la derecha española fue sofrenando su fervor patriótico y lo fue ocultando en lo privado: recordemos que no fue ningún socialista ni comunista el que propuso eliminar el Águila de San Juan del escudo heráldico nacional. Esta maniobra de aggiornamento la realizó Joaquín Satrústegui, un político entonces de UCD: ¿es que había que eliminar pruebas “incriminatorias”?). La izquierda del sistema lo tuvo más fácil, pues en su naturaleza estaba la hostilidad abierta a todo lo que fuesen las ideas-fuerza con las que se había tratado de identificar la dictadura franquista.
Por lo tanto, todo el régimen surgido de la mitificada transición democrática se ha fundado y se funda en la satanización, la execración y la denostación (moduladas según el emisor y su público; según la coyuntura y la etapa) de cuanto se entiende como patrimonio propio del régimen anterior. Es, pues, lógico que desde el poder se haya marginado cualquier iniciativa que durante décadas haya podido reivindicar o simpatizar siquiera con el “ideario fuerte”, no pudiendo cosechar este tipo de iniciativas políticas otra cosa que fracaso tras fracaso, hasta su extenuación y neutralización controlada.
La política ha estado y sigue estando obturada para cualquier iniciativa política de sello “patriótico” que sería la única posibilidad de una auténtica regeneración española. El camino está bloqueado debido al indiscutible consenso político y social al que han llegado todos los beneficiarios de esta “democracia” actual, la que siguió a la muerte de Franco. En una cosa todos están de acuerdo: en marginar y no dejar pasar a nadie que, por la razón que fuere, pudiera evocar ni lo más mínimo ninguna de las ideas-fuerza invocadas retóricamente durante el franquismo. Para ello cuentan con todos los medios a su alcance; estos se aplican a confundir y adoctrinar a una ciudadanía que se conforma con la versión oficial de los hechos pasados y actuales como si fuese verdad incontrovertible. Tampoco olvidemos que las mismas instituciones que otrora fueron sostenes del franquismo (y que gozaron del máximo prestigio social -la Iglesia y el Ejército- durante el régimen franquista) no quedaron indemnes en estos decenios de profunda transformación, sino que padecieron unas mutaciones que no por provenir a veces del exterior (el Concilio Vaticano II, p. ej.) dejaron de estar nunca influidas por los poderes legales y fácticos, los mismos que se apresuraron a jubilar y relevar a aquellos elementos que pudieran conservar algún vestigio de lealtad al “ideario fuerte”: “involucionistas” fueron denominados durante algún tiempo los que no se doblegaron, también se aludía a ese núcleo de irreductibles con el título de "búnker".
El franquismo murió con Franco, por mucho que se empeñen los que han hecho del anti-franquismo una profesión lucrativa. Pero, pese a todo el esfuerzo empleado por los rodillos mediáticos, todavía quedamos españoles que nos resistimos a dar por muerta a España, que nos negamos a que la Tradición hispánica fuese sepultada bajo la misma losa que cubrió a Francisco Franco, pues ese “ideario fuerte” no es monopolio del franquismo.
Y no lo hacemos por obstinación, tampoco por franquismo residual, del que estamos exentos (cosa que no podrían decir renombrados políticos del PP y del PSOE, todavía activos): entendemos que algunos estadistas y algunos regímenes han podido trasuntar algunas realidades intangibles que fueron invocadas por ellos, pero esas realidades (justo por su intangibilidad) sobrevivirán a quienes las identificaron mejor o peor consigo mismos y con sus regímenes. Por eso, aunque reconocemos lo difícil que se hace reclamar ese “ideario fuerte” debido a los obstáculos que impiden que sean reintegradas al discurso político esas realidades (España, Religión, Tradición Hispánica), las ideas directrices para una reconstitución de España no han sido liquidadas, ni vamos a consentir que lo sean. Y si no podemos hacerlas valer, incorporándolas a la normalidad política por tantas razones explicitadas más arriba (amén de otras: nuestro análisis no agota la realidad, es una aproximación), queda por averiguar de qué modo reintegrarlas a la sociedad que tiene que ser, en suma, la principal beneficiaria de las mismas.
Manuel Fernández Espinosa A.C.T. Fernando III el Santo de Jaén
Hoy me preguntaban si estaba enfadado respecto a la decisión
del Ayuntamiento de Madrid de cambiar el nombre de la Plaza Vázquez de
Mella (con retirada de monumento incluido), por el de Pedro Zerolo. La
respuesta, -No, en absoluto-. Al fin y al cabo, que cambien el nombre de una
Plaza en la capital de España dedicada a Don Juan Vázquez de Mella, uno de los
hombres más íntegros y eruditos que ha dado nuestra Patria, por el de un tipo
como Pedro Zerolo que es… bueno, simplemente todo lo contrario que se pueda ser
a Vázquez de Mella en todos los aspectos, no deja de ser un síntoma inequívoco
de una sociedad gravemente enferma. Enfadarse por ello, sería tan absurdo como
enfadarse porque el agua moje o el fuego queme..
Lo cierto, es que mi alto nivel de cabreo hace tiempo que
pasó, para transmutarse en pena. Pena de lo que se ha hecho con España los
últimos cuarenta años, aunque la inquina y miseria estén presentes en nuestra
sociedad desde hace al menos doscientos. Pena , que solo puede desembocar en
hartazgo y hastío; o por el contrario, y ese es el camino que elegí yo,
entender la situación actual como un honorable desafío para quien sabiendo todo
podrido, recoge las sagradas banderas del honor y la lealtad y las enarbola
como seña de esperanza. Para llegar a esta situación, de sano positivismo, tras
atravesar el desierto del cabreo y la desesperación, hay que tener claro que
nada se puede anhelar ya de este sistema nocivo (ahora sabemos a ciencia cierta
que nunca se pudo), nacido de la traición de muchos y alimentado en la desidia
de casi todos.
Cuatro columnas esenciales son las forjadoras de las
libertades y tradiciones de una sociedad a nivel institucional; la monarquía,
la iglesia, la nobleza y el pueblo. Haciendo un pequeño análisis a esto cuatro
soportes en la sociedad contemporánea, nos encontramos con que en España la monarquía legítima
-única columna que se mantiene en pie de las cuatro- lleva en el exilio casi
dos siglos, y no volverá hasta que el pueblo la reclame, al ser de nuevo
merecedor de ella. La Iglesia Católica,
al igual que en el resto del orbe cristiano se ha reconvertido tras el CVII
–salvo honrosas y santas excepciones- en una caricatura revolucionaria de su propia
naturaleza, olvidando el evangelio de Nuestro Señor, abrazando todo orden de
dogmas modernistas sin el menor rubor y dejando a sus hijos más fieles en el
camino.. De la nobleza nada sabemos desde hace casi dos siglos, y nada sabremos
hasta que una nueva nobleza resurja de lo mejor del pueblo el día de mañana.
Pueblo que hoy se nos muestra perdido y cobarde, a la vez que maleado,
apesebrado y penosamente idiotizado.
Ante esta desoladora perspectiva, solo continuar firmes en
nuestras lealtades y actitudes, en nuestra fe y tradiciones, -teniendo claro
como ya dije antes que nada podemos esperar de quienes nos han arrastrado a
esta situación-, pueden hacer que esa parte del pueblo que aún masculla cabreo,
hartazgo y hastío, síntomas de vida en el alma, entiendan que mientras no
transformen esos legítimos sentimientos derrotistas en noble e ilusionante
“ardor guerrero”, nada cambiará.
Recordemos, que aunque el mal llamado “régimen democrático”
está absolutamente tele-dirigido, la llegada de estos grupos de extrema
izquierda que hoy manejan el poder en importantes comunidades autónomas y
ciudades de España, se produjo porque el pueblo los votó, y que en el fondo no
son mucho peores que otros que antes han estado, sino sus criaturas y por tanto
sus consecuencias naturales. Finalmente recordar, volviendo al caso de “Vázquez
de Mella”, que todos los votos del Ayuntamiento de Madrid que actuaron en el
pleno por el cambio de denominación de la Plaza, estuvieron a favor, excepto el PP, que lo
desaconsejó por el excesivo gasto económico que supondrá para las arcas municipales
dicho cambio de nombre…
Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras!!!
El viaje del Santo Padre Francisco a Ecuador, Bolivia y Paraguay llega a su fin. Se ha dado baños de multitudes y ha tenido momentos controvertidos como recoger una hoz y un martillo supuestamente ideado por un sacerdote jesuita español de nacimiento y boliviano de adopción, Luis Espinal. Esa encerrona de mal gusto es perdonable si entendemos que, como han dicho fuentes del Vaticano, no sabía que le iban a dar ese signo de revanchismo y manipulación. Cada persona debe ser responsable de sus actos, no de los actos ajenos, pese a ser el cuarto encuentro entre Evo Morales y el Papa Francisco y haber utilizado Evo Morales todos los anteriores para mejorar su imagen pública.
El motivo de este escrito es plantear unas reflexiones sobre uno de los momentos más mediáticos del viaje, la condena de la conquista de América por parte del Santo Padre, igual que hicieron sus predecesores. Ante esta moda papal de atizar ahora al que no se puede defender y alegrar los oídos al cacique demagogo-populista que tienen delante y les recibe cual serpiente con manzana envenenada, creo que es necesario dedicarle una Espada Lobera para ser justos con nuestra Historia y con la Historia de la Iglesia hispanoamericana.
¿Porqué ningún Papa ha sido capaz de condenar hechos concretos y sólo condenan de modo genérico un periodo digno de admiración por la Humanidad?
El número de católicos españoles, americanos más los católicos de Filipinas es superior al 50% del número total de católicos en el mundo, y hay claros ejemplos de mestizaje en todas las naciones. ¿Qué tiene el Poder Vaticano contra España y la conquista de América? ¿Alguno de tantos apesebrados como cuenta el Papa Francisco que hay en el Vaticano se ha atrevido a explicar estas cifras al Papa? ¿Qué habría pasado con la Iglesia Católica sin la Reconquista en España? ¿Quién hubiera descubierto América y cuantos indios quedarían sin la reina Ysabel la Católica? ¿Cree el Vaticano que la conquista de América ocurrió sin la bendición de Dios?
Los que alguna vez nos hemos hecho esas preguntas no entendemos el grado de hipocresía y desagradecimiento de los papas en este tema, y especialmente uno argentino, que debería ser conocedor y transmisor de la verdad del pueblo americano.
De ser la actual América tierra de Satanás hasta 1492, con la brutalidad de sacrificios humanos masivos y esclavitud de los pueblos indígenas menos desarrollados se pasó pronto y gracias a la conquista española, a florecer por todas partes ciudades con catedrales, universidades, leyes justas y dignidad para los pueblos indígenas que quedaban amparados por las Leyes de Indias que daban, desde el principio, a los nativos el estatus de súbditos libres de los Reyes Católicos. Eso sí es revolucionario en la Historia de la Humanidad y no la hoz y el martillo que representa la esclavitud de siempre. Pretender enjuiciar cualquier hecho histórico desde otro punto de vista distinto a las circunstancias del momento en que se desarrolló es una aberración normalmente al servicio de un fraude.
Si la conquista de América contó en su momento con todos los parabienes de los Papas de la época y los Santos Padres actuales tienen algo que lamentar, que empiecen haciendo crítica de aquellos Papas, y continuen con la devolución de todas las riquezas que tiene el Vaticano llegadas de América y donadas por España. Pero que las devuelvan a su legitimo dueño, España, que fue quien sufrió la sangría de hombres y medios para entregar tan generosos regalos a tan desagradecidos descendientes.
Cuando España fue expulsada de América hace dos siglos la mayoría de estos indígenas quedaron indefensos ante las élites masónicas que siguen hoy día dominando el continente. Sus tierras fueron arrebatadas y sus pueblos masacrados. Todos recordamos las películas de indios y vaqueros de Hollywood en las que engañaban y mataban a las distintas tribus de América del Norte, pero la situación fue igual o peor en América del Sur.
Da vergüenza ajena oír a un Papa argentino condenar la conquista de América y no decir ni una línea de los exterminios sistemáticos de indios mapuches (araucanos) o tehuelches, llevados a cabo en el siglo XIX en el país menos mestizo de Hispanoamérica. ¿Estando tan ocupado en coger el autobús en Buenos Aires no tuvo tiempo de saber que pasó en Argentina y en el resto de América en el siglo XIX?
¿Ha sido arzobispo de Buenos Aires y lo único que es capaz de condenar es la conquista de hace 500 años que convirtió a la Iglesia de Roma en realmente Católica?
La postura populista-tercermundista que ha mantenido el Papa Francisco hace difícil conceder la inocencia por desconocimiento pues debe poseer una cultura general del continente en que se crió acorde con los puestos que ha desarrollado allí.
El mensaje de Cristo en los Evangelios no puede ser sustituido únicamente por la lucha por la justicia social de los oprimidos, igual que el signo de la Santa Cruz no puede ser sustituido por la hoz y el martillo porque es una burla a los millones de mártires que este símbolo de odio ha causado entre los cristianos por todo el mundo. ¿Eso también lo desconoce el Santo Padre?
Y ya en el siglo XX, ¿Desconoce el Santo Padre el apoyo cercano a la complicidad que han dado durante años algunos curas y obispos a organizaciones criminales como ETA, las FARC, o Sendero Luminoso? ¿Para cuándo una condena concreta a esos falsos pastores que dignifique y consuele a sus víctimas y familiares?
Llegados a este punto nos queda rezar por el Papa, por la Iglesia y por España, pues opinar sobre el mayor o menor acierto de Francisco en sus opiniones no debe estar reñido con la fidelidad que le debemos como Papa. Todo esto con la humildad propia de un bautizado y sin ninguna intención de ofender a nadie.
Quiero terminar con la expresión de los Cristeros mejicanos, que en lucha desigual defendieron su fe contra el Estado opresor ante la desidia de las autoridades eclesiásticas de su época, para que sea como un abrazo en Cristo a toda la Iglesia Universal,
La ignorancia, el aburguesamiento y el odio programado, son las principales
armas con que cuentan los usurpadores de la legitimidad patria para confundir y
“tele”-dirigir al pueblo en pos de sus propias ambiciones. Parte fundamental de
este plan de control se perpetra por medio de la (muchas veces burda)
manipulación de los símbolos, y no hay símbolos que enardezcan más la rabia de
estas tristes masas apesebradas que las banderas, símbolo máximo de las
tradiciones y libertades de un pueblo.
En España, de esto, como de casi todo lo malo, sabemos
bastante. La más zafia y grotesca manipulación la vemos en la llamada “bandera
republicana” cuya franja morada añadida durante la
II República se impuso por medio de una
vulgar mentira, basada en el presunto hallazgo de un pendón castellano comunero
amoratado por el tiempo, y que nos cuentan confundió a propios y extraños
haciéndolos creer que el color propio castellano no era el “rojo carmesí”, sino
el morado “masón”. Y digo morado masón, porque fue la logia castellana
“Sociedad de los Caballeros Comuneros”, también llamados “Hijos de Padilla”
quienes eligieron, y posteriormente impusieron este color a partir del ya
lejano año de 1821. Tardaron más de cien años en conseguir que el morado
llegara a la enseña nacional, pero ahí acabó, y aún hoy tenemos que ver con
cierto sonrojo pendones de Castilla insultantemente amoratados, así como
banderas tricolores “republicanas”, como símbolos del odio y la ignorancia para
vergüenza y bochorno de todos los españoles de bien.
No es el único caso de usurpación de símbolos históricos, ya
que por ejemplo otro tipo de bandera se ha convertido lamentablemente en muy
popular, me refiero a la bandera estrellada originada en Cuba a mediados del S.
XIX. Fue un tal Narciso López, francmasón, quien creó esta bandera
caracterizada por un triangulo equilátero que simboliza la grandeza del poder
que asiste al Gran Arquitecto del Universo y cuyos lados iguales aluden a la falsa
divisa masónica de libertad, igualdad y fraternidad; la estrella de cinco
puntas refiere la presunta perfección del maestro masón: fuerza, belleza, sabiduría, virtud y caridad.. Esta
bandera, fue utilizada como patrón por la masonería en el resto de lugares en
que actuaron contra los intereses de España. Así, hoy podemos ver diseños similares
tanto en tierras ya tristemente desarraigadas de España además de Cuba; como Puerto Rico,
Filipinas, Argentina, Uruguay, Brasil o el Sahara español; así como en diferentes regiones de nuestra
Patria, siendo Cataluña la que –mancillando la histórica y gloriosa senyera-
lamentablemente la ha acogido con más fuerza, como nuevo símbolo de la creciente usurpación
de su verdadera naturaleza, tradición e historia.
Además, tenemos el caso vasco, cuyas banderas históricas
representativas de las libertades e historia provinciales, hijas de sus viejos fueros,
han sido poco menos que eliminadas en favor de una bandera de un partido
político con ambición nacionalista que imitó la divisa del Reino Unido de la Gran Bretaña –no sin el apoyo
de la masonería británica- desvirtuando, al igual que en Cataluña, su naturaleza
y tradición. Y así, con esa enseña política, humillarse arrojándose
simbólicamente a los brazos de la “Pérfida Albión”, enemigo secular de España y
la Fe Católica, y
como no, refugio tradicional de infinidad de logias masónicas.
Como vemos, lo que se nos acaba imponiendo como símbolos, no son fruto de errores, avances o
casualidades, si no más bien las consecuencias de un plan oculto perfectamente
trazado, dispuesto a eliminar del orbe cualquier esperanza para las libertades
del hombre, empezando por los propios símbolos. No es casualidad por tanto, que España -ejemplar garante de libertades y principal sustento de la Tradición Católica- haya sido especialmente agredida desde
hace siglos por los grupos que forman el “nuevo orden mundial”…
Pero eso es otro tema, hoy hablamos de falsas banderas, de la era pos-revolucionaria
modernista masónica que padecemos seguiremos hablando, Dios mediante, otro día.
24/06/2015
Luis Carlón Sjovall A.C.T. Fernando III el Santo
Por su aspecto físico —hechuras para rellenar con soltura un
amplio traje talar; mofletes gordezuelos; barba descuidada; pelo rizado, ralo, recolocado
estratégicamente como si tratase de ocultar los indicios de una tonsura
reciente o de una alopecia galopante— podría decirse que el concejal tiene el aspecto
de un fraile cillerero. De esos que llevan siempre el hábito manchado de vino,
con rastros de grasa y migas de pan pendiendo de la pechera. Su apariencia
descuidada recuerda a la del monje cillerero Remigio da Varagine de El
nombre de la rosa, encarnado en la adaptación cinematográfica de Jean
Jacques Annaud por el actor austriaco Helmut Qualtinger.
Este concejal con aires de fraile rijoso y glotón se ha
hecho famoso por sus tweets. Aunque lo primero que habría que remarcar
es que, en su caso, más que gorjeos, sus píldoras de ciento cuarenta caracteres
parecen ladridos o carcajadas de hiena hambrienta. No solo por ese cinismo
cruel que desprenden, sino por el humor bilioso y revirado del que hace
permanentemente gala. Un supuesto sentido del humor que él, a modo de excusa
para tontos, trata de definir como humor negro.
Tanto este asunto del concejal, como en general los últimos
casos de tuiteros escupiendo gracietas salvajes sin venir a cuento evidencian que
en España hemos perdido el poco sentido del humor que nos quedaba. La falta de cultura
e inteligencia habituales por estos lares han destruido los escasos restos de
humor que sobrevivían a duras penas. ¿Pero realmente alguna vez llegamos a
tener sentido del humor? Permítanme que lo dude. Como el que pierde el paladar
a base de ingerir cantidades ingentes de comida podrida, lo más probable es que
no seamos capaces de reírnos de nada porque estamos hartos de humoristas de
tres al cuarto que pueblan las televisiones soltando patochadas escritas por
guionistas de bolsillos vacíos y cajones repletos de mierda.
La
izquierda en esto se lleva la palma. En gran medida por esa supuesta
superioridad moral que les hace sentirse más inteligentes, más cultos, más
guapos y más graciosos. Pero si algo caracteriza al sentido del humor de la
izquierda es su desagradable y nauseabundo contenido político. Son expertos en
utilizar la broma como si de una maquina de picar carne se tratase. Por eso las
chanzas de ese fraile cillerero que aguantó de concejal de cultura el mismo tiempo
que dura una fiesta etílica y loca siempre apuntaban contra los que no pensaban
como él, contra los que no eran de su cuerda, contra aquellos cuyo
sufrimiento le provoca risa en vez de dolor.
Hace mucho tiempo me enseñaron que una persona con sentido
del humor no se pasa todo el día contando chistes como un payaso. Alguien con
sentido del humor se caracteriza, sobre todo, por saberse reír de sí mismo, lo
cual no casa mucho con el estilo sectario de este amago de comisario político. Porque
cuando se le escucha hablar queda claro que se toma a sí mismo mucho más en serio
que a las víctimas de sus chistes.
Este fantoche cargado de resentimiento y malafollá,
aunque haya dimitido a medias, sigue con su cota de poder intacta. Aunque no le
han permitido que imponga sus directrices en el mundillo cultural, ya ha
encontrado a unos cuantos defensores que están de acuerdo en que humillar a los
que no piensan como ellos está bien siempre que sean contrarios a su ideología.
¿Qué habría ocurrido si alguna de sus bromas hubiesen sido dirigidas contra la
población palestina de Gaza, contra los presos de ETA o contra el gobierno de
Venezuela? No hace falta que respondan; ya lo hago yo: le habrían obligado a
renunciar a su acta de concejal; y, como le sucedió a Remigio da Varagine en El
nombre de la Rosa, le habrían paseado encima de un carromato hasta la
hoguera virtual que la progresía aviva a diario contra los que osan quebrar los
inmutables principios de lo políticamente correcto.
Conferencia impartida por Don Juan José Lucas, Vicepresidente primero del Senado y Ex-Presidente de la Junta de Castilla y León en Autillo de Campos (Palencia) con motivo del 798 Aniversario de la Proclamación de Fernando III el Santo como Rey de Castilla.
Queridas amigas, queridos amigos; señoras y
señores
Autillo, centro de la historia de Castilla y León
y de España, escenario privilegiado de la proclamación de Fernando III como rey
de Castilla, es un hito imprescindible de nuestra tierra y de nuestra patria. Pero
lo es también en la vida, el compromiso público y los afectos de quien os
habla. Gracias por esta invitación y esta oportunidad de compartiros mi visión
acerca de una empresa histórica formidable que está a punto de cumplir
ochocientos años: la definitiva consolidación del histórico-proyecto castellano
y leonés como columna vertebral del histórico proyecto español. La construcción
de Castilla y León y España como realidades imperecederas.
Todo empezó en Autillo en los últimos días de la
primavera de 1217. Autillo es uno de esos grandes escenarios de la historia en
donde nada termina, porque todo comienza. Un joven llamado Fernando, casi
adolescente, se convierte en rey de Castilla. No estaba destinado a serlo, y su
padre, Alfonso IX de León, no quiere verle erigido en soberano castellano.
Pero, en 1230, ese joven castellano sucederá a su padre, y se convertirá en rey
de León también. Y, en apenas dos décadas, cambiará la historia de España y de
Europa para siempre. Porque, Castilla y León se convertirá en el pilar central
de un proyecto histórico destinado a convertirse en uno de los grandes motores
de la historia de la humanidad: el proyecto español.
La figura de Fernando III pervivirá, y en toda su
vigencia, mientras Castilla-León y España pervivan también como proyecto
sugestivo de vida en común. Y lo harán, como decía don Julián Marías,
"siempre que seamos leales a nuestro futuro". Es decir, siempre que
seamos leales al futuro de grandeza que diseñó Fernando III. Un futuro de
grandeza que hoy se plasma en el marco de paz, libertad y concordia que fuimos
capaces de construir, y hemos sido capaces de compartir, en esta España
constitucional de 1978.
Y con ese objetivo último, que en mi caso, y en
el de mi generación, es la obra de nuestras vidas, es decir, la conversión de
España en una gran sociedad, me gustaría ser capaz de examinar, con todos
vosotros, las tres imborrables lecciones históricas que, a mi juicio, nos dejó
en herencia el reinado y el tiempo de San Fernando: la unidad, la proyección internacional, y la ejemplaridad. Para
Castilla-León, y para España.
1.
Unidad para la vertebración de Castilla-León y de España
La primera lección es, en efecto, la de la
unidad. Y, más que la unidad, la vertebración política, territorial, jurídica,
y en la identidad, de Castilla-León. A partir del reinado de Fernando III, es
sabido, Castilla y León habrían de permanecer unidas. Y la unidad es un valor
de Estado. El formidable despliegue castellano que, durante el reinado de
Fernando III, en apenas dos décadas, permitió que Castilla llegara de mar a
mar, del Cantábrico al Mediterráneo, y de la desembocadura del Bidasoa a la desembocadura
del Guadalquivir, es fruto de ese empeño en la unidad. Baeza, Úbeda, Jaén,
Córdoba, Murcia, Cartagena, Sevilla, la influencia en el Algarve y en la propia
Granada... Las principales ciudades del mundo se incorporaron a la Corona castellano y leonesa,
aportando nuevas dimensiones estratégicas a un actor político consolidado como
el reino más extenso de Europa.
Fernando III lideró un proceso de expansión territorial sin parangón en la historia de la Europa bajomedieval por su celeridad y su dimensión. Y fue posible en la unidad. Sólo en la unidad. Siempre en la unidad. Cuando los castellano y leoneses, y todos los españoles, nos unimos, no es que seamos más fuertes: somos imparables. Y la historia nos lo ha reiterado una y otra vez. Eso, y lo contrario.
La vocación unitaria de los reinos hispánicos
durante toda la Edad Media
es constante. Se inicia cuando los primeros catalanes de la historia pidieron
al futuro Carlomagno regirse por el Liber
Iudiciorum, es decir, por el derecho
del reino visigodo de Toledo, o lo que es lo mismo, por su propio derecho
español, e hispani,españoles, fueron llamados por el rey de
los francos cuando en 785 accedió a su pretensión. A partir de entonces,
castellanos y leoneses, aragoneses y navarros compartieron el ideal histórico
de la reconstrucción de ese primer reino español hasta que los Reyes Católicos
lo materializaron.
Fernando III casó a su primogénito Alfonso con
Violante de Aragón, hija de Jaime I de Aragón, conquistador de Valencia y de
Mallorca, quien habría de acudir en auxilio de su yerno Alfonso X, cuando en
1265 los musulmanes de Murcia se rebelaron porque, decía el rey Jaime, si no
intervenía "es España entera la que se pierde". Cuando Fernando III falleció
en Sevilla, en 1252, se encontraba preparando una expedición al Norte de
África, un Norte de África que era parte integrante de España desde el Bajo
Imperio Romano, con su provincia Mauritana Tingitana en la diócesis de
Hispania, y durante el reino visigodo de Toledo. España no termina en los
Pirineos ni en el Estrecho de Gibraltar. Ya decía José Bergamín que
"España, ni grande ni pequeña: sin medida".
La visión de Fernando III era, pues, plenamente
hispánica. Tanto su política matrimonial como su acción estratégica y militar
perseguían crear las condiciones para la paulatina integración de los reinos y
territorios peninsulares. Y, por otra parte, era una visión compartida por ese
gran rey español llamado Jaime I de Aragón. Fernando III trabajó para la unidad.
Como todas las grandes personalidades de la historia. No hay grandeza en la
llamada a la ruptura o a la fractura. Romper es siempre, y especialmente en
circunstancias críticas, lo más fácil. Romper es el recurso de los mediocres.
Es más fácil, y más rápido, destruir que construir.
Pero la historia reconoce a sus predilectos entre
los visionarios que, en vez de pensar en la próxima estación, o en la próxima
elección, piensan en la próxima generación. La historia es de los
constructores. La principal avenida de Berlín está dedicada "a la unidad alemana".
Los constituyentes de los Estados Unidos de 1787 querían "hacer una Unión
más perfecta". Fernando III es uno de esos creadores de unidad. Ojalá
hubiera avenidas de la unidad de España en nuestros pueblos y ciudades. Y ojalá
una placa recordara, en esas avenidas, a Fernando III, el rey que empezó la
unidad de Castilla-León, y de España, en Autillo.
2.
Una Castilla líder en el mundo
Pero Fernando III quería que Castilla-León
disfrutara de una presencia internacional protagonista, ocupando el rango de
gran potencia al que se había hecho acreedora por su dimensión geoestratégica,
como la Corona
más extensa de Occidente, por encima de una Francia e Inglaterra en pugna por
la herencia de los Plantagenet.
Apenas unas décadas antes, el rey Alfonso VIII de
Castilla había ya iniciado una ambiciosa política internacional al casar,
precisamente, con Leonor Plantagenet, hija de Enrique II Plantagenet y de
Leonor de Aquitania, procediendo a potenciar las villas del Norte de Castilla
con sucesivos fueros para Castro-Urdiales, Santander, Laredo y San Vicente de la Barquera entre 1163 y
1210, y anexionándose, además, los territorios vascos. El futuro estratégico y
comercial de Castilla miraba hacia el Atlántico.
Pero Fernando III imprimió un definitivo impulso
a ese proyecto estratégico. Porque, en primer y fundamental término, creó la
marina de Castilla, decisiva para la conquista de Cartagena, en 1244, y después
de la Baja Andalucía,
sobre todo de Sevilla en 1248. Y, muy pronto, la marina de Castilla y León, la Corona más marinera de
Europa, se convirtió en la más poderosa del mundo, como habría de demostrarse
cuando, en 1372, las naves castellanas se impusieron en la batalla de La Rochela a la marina
inglesa, estableciendo una hegemonía que no habría de quebrarse hasta la
batalla de Las Dunas, enfrente de Dunquerque, en 1659. Durante tres siglos, el
mar fue de Castilla y de España.
Fernando III sabía que el destino de Castilla y León
estaba en el mar, es decir, en el comercio atlántico. Y sabía también que
Andalucía y Murcia le permitirían completar la Reconquista cuando
sometiera Granada, y se convertirían en la base para la conquista del Norte de
África y, quién sabe, de una futura Cruzada, la que habría de emprender su
primo Luis IX de Francia, hijo de Luis VIII y de su tía Blanca de Castilla,
hermana de la reina Berenguela, la gran y venerada regente de Francia durante
la minoridad del futuro San Luis.
Pero, probablemente, el jalón más indicativo del
programa internacional de Fernando III reside en su primer matrimonio con la
princesa Beatriz de Suabia, de la
Casa imperial alemana de Staufen, quien habría de legar a su
hijo, el futuro Alfonso X, los derechos a la sucesión en el Sacro Imperio
Romano Germánico. Castilla se incardinó así, y plenamente, en los avatares de
la política internacional, como un agente político y estratégico de primer
orden. Y el Derecho Común, que había ya penetrado en las Coronas de Navarra y
de Aragón, se introdujo también en Castilla de la mano del propio príncipe
Alfonso, quien tan pronto sucedió a su padre en 1252 ultimó un Fuero Real cuya concesión a las grandes ciudades de la
mitad Sur del reino habría de acelerar el proceso de vertebración jurídica del
territorio ya unido políticamente por su padre.
3. La
política, camino de santidad y de ejemplaridad
Pero Fernando III no es una figura excepcional de
nuestra historia, únicamente, por sus logros extraordinarios en el ámbito de la
política interior y de la política exterior. Me ha resultado siempre muy
llamativa, como el historiador del Derecho que fui y, creo, siempre he sido, la
vastísima enumeración de grandes personalidades de la historia cuyos biógrafos
apuntan, como si de un mérito se tratase, su cinismo, su doblez, su falta de escrúpulos,
o su talante sanguinario, siempre que trabajaran en beneficio de su propio
país. Enrique VIII y su hija, la reina Isabel I de Inglaterra, el cardenal
Richelieu, Oliver Cromwell, Napoleón... son siempre disculpados de sus abusos y
crímenes por haber servido fielmente a los superiores intereses de la razón de
Estado.
Sin embargo, Fernando III demostró que la
generosidad y la ejemplaridad no son incompatibles con la grandeza política.
Fernando III no fue un criminal con vocación de estadista. La biografía que
René Lejeune le dedicó a uno de los padres de Europa, Robert Schuman, se llama La política, camino de santidad. Y, en
efecto, también en el caso de Fernando III, nos encontramos ante un supuesto
paradigmático de recto y noble ejercicio del poder. Porque el poder no es un
ente perverso, sino un instrumento con el que los seres humanos podemos y
debemos servir a nuestros semejantes y hacer el bien. Con honor y bondad, se
convierte en una maravillosa oportunidad para contribuir a que las vidas de
nuestros conciudadanos sean mejores.
Fernando III es un político ejemplar porque es un
hombre bueno. Y en un siglo tan terrible como el siglo XIII acude siempre que
le es posible a la negociación, a la acción diplomática, a la alianza, a la
concertación, a la obtención de sus objetivos con la menor efusión de sangre
posible. Fernando III es, por todos los conceptos, y en la mejor de las
posibles interpretaciones de la expresión, un político que sabe dónde va, que
suma, leal a su tarea, tenaz en la persecución de sus objetivos.
La santidad que le acompaña encierra un enorme
significado, es obvio, para quienes profesamos la fe cristiana, y tratamos de
conocer las virtudes que pueden y deben edificar nuestra conducta en este
mundo. Pero en Fernando III podemos encontrar un conjunto de virtudes que
creyentes y no creyentes, debemos compartir como ciudadanos, y muy
especialmente quienes disfrutamos del honor y de la responsabilidad de
dedicarnos al servicio público.
Fernando III es la humildad, la sencillez, la
mesura, la voluntad de servicio, la austeridad, la contención, la cercanía, la
honestidad. Un líder con misión y visión. Un profundo conocedor de la historia,
de sus lecciones, de sus grandes corrientes, de sus oportunidades, y de su
naturaleza implacable, pero también siempre abierta a la capacidad creadora del
hombre. Un hombre que padece una infancia difícil, de separaciones y
desgarramientos familiares, que accede a su destino enfrentándose con su propio
padre. Y que deja a su hijo Alfonso X una de las más formidables herencias de
la historia.
Termino. Fernando III es la unidad, el liderazgo
internacional, y la vocación de ejemplaridad. Me permitiréis que diga que, por
lo tanto, Fernando III es España, es Castilla-León, y es Autillo. Al presidente
francés Charles de Gaulle le preguntaron una vez cómo se reconocía en la calle
a uno de sus seguidores, a un gaullista. De Gaulle respondió que un gaullista
era una mujer o un hombre que tomaba el autobús, el tranvía, o el metro. Es
decir: un ciudadano.
Yo reconozco las virtudes y las cualidades de
Fernando III hoy aquí, en Autillo. Las he reconocido en las nueve provincias de
nuestra Comunidad. En sus más de dos mil doscientos municipios, después de
recorrerlos todos y cada uno, y todos y cada uno de sus pueblos. Fernando III
sois todos vosotros.
El mejor legado de Fernando III es que cuanto
fue, sigue siendo. Cuanto construyó, permanece en pie. Todo aquello por lo que
trabajó, sigue impulsando nuestros propio trabajo. La unidad, el afán de
apertura a un mundo que es nuestra casa, el compromiso con un ideal de vida
recto y honesto, informado por la gratuidad de quien hace el bien sin esperar
nada a cambio, y la gratitud de quien disfruta de cada día de su vida con la
maravillosa convicción de que la existencia humana es una oportunidad
irrepetible para aprender de nuestros conciudadanos y hermanos, para
conocerles, y para quererles.
Todo eso nos evoca los nombres, para siempre
unidos, y para su mutua gloria, de Fernando III de Castilla y de Autillo. Aquí
empieza una historia ocho veces centenaria, y la responsabilidad que sobre los
hijos de Autillo recae de continuarla y engrandecerla. Gracias por dejarme ser,
por un día, parte de esa historia y de esa responsabilidad, parte de esta
tierra y de este cielo de San Fernando. Gracias por vuestra hospitalidad. Y
gracias por vuestra atención. Muchas gracias.
En este preciso
lugar, a las afueras de Autillo de Campos, a extramuros que nos recuerdan las
crónicas, junto a la vieja ermita y bajo un gran olmo, fue Proclamado Rey de
Castilla Fernando III el Santo un ya lejano 14 de junio de 1217.
Hoy, 798 años después,
con la humildad natural del pueblo castellano, pero también con el orgullo de
quien se sabe hijo de una tierra y una cultura que alcanzó dimensión universal,
nos reunimos aquí, en el que ya popularmente es conocido por los vecinos como
“Parque de Fernando III el Santo”, junto a la Placa que recuerda la Proclamación y el
simbólico olmo plantado hace un año, símbolo de tan gloriosa efeméride, para rendir tributo y homenaje al Rey Fernando
III el Santo y como no, también a su madre la Reina Berenguela (tan querida
desde siempre en este sitio), haciendo extensivo ese homenaje al espléndido
legado cultural e histórico que alberga la Tierra de Campos Palentina.
Fernando III el
Santo salió ya Rey de aquí, eso significa la Proclamación que conmemoramos, aunque
tuviese que esperar dos semanas para el 2 de julio de ese mismo año ser
reconocido como tal por las Cortes en Valladolid, un trámite necesario, pero
que no quita un ápice de legitimidad a lo sucedido en este preciso lugar.
Apenas contaba con
16 años el joven príncipe, (pues nació con casi toda seguridad a finales de
junio 1201), comenzando uno de los reinados más gloriosos de la Historia de España. Tras
unos primeros años dedicados a la pacificación del Reino, Fernando III se
convirtió en el gran paladín de la Reconquista (recordemos que conquistó los reinos
de Córdoba, Jaén y Sevilla, además de dominar en régimen de vasallaje los de
Murcia y Granada) administrando con gran maestría el legado heredado de su
abuelo Alfonso VIII tras la
Batalla de Navas de Tolosa; También cabe recordar que fue
durante su reinado que se unificaron definitivamente los Reinos de León y
Castilla en el año 1230, que promovió
la traducción del Fuero Juzgo e impuso el castellano como idioma oficial de sus
reinos en sustitución del latín, o que durante su gobierno se promovió como
nunca antes el arte y la cultura, siendo el reinado de su hijo Don Alfonso X el
Sabio un buen ejemplo de ese renacer cultural que fecundó Castilla aquella
primera mitad del Siglo XIII.. Este magnífico legado, unido a su inquebrantable
moralidad y afán de justicia en todo, acabó llevando a San Fernando a los
altares, tras su prematura muerte en 1252 en Sevilla.
Todo ello comenzó aquí, en la Tierra de Campos palentina,
en esta localidad de Autillo de Campos. Sin duda motivos no nos faltan para
celebrar y recordar nuestra inmensa Historia por toda Castilla y León. En Autillo, ese sentimiento de legado
histórico siempre ha existido, y por ello, aunque con la vista puesta de manera
especial en el VIII Centenario a celebrar el año 2017, ya nunca más ha de extraviarse
el recuerdo de lo que aquí sucedió una lejana Primavera de 1217…