Declaración del Emperador Carlos V en la Dieta de Wörms

Dieta de Wörms
Vosotros sabéis que Yo desciendo de los Emperadores Cristianísimos de la noble nación de Alemania, y de los Reyes católicos de España, y de los Archiduques de Austria y Duques de Borgoña; los cuales fueron hasta la muerte fieles de la Santa Iglesia Romana, y han sido todos ellos defensores de la Fe Católica y Sacros Cánones, Decretos y Ordenamientos y loables costumbres, para la honra de Dios y aumento de la Fe Católica y salud de las almas. Después de la muerte, por derecho natural y hereditario, nos han dejado las dichas santas observancias católicas, para vivir y morir en ellas a su ejemplo. Las cuales, como verdadero imitador de los dichos nuestros predecesores, habemos por la Gracia de Dios, guardado hasta agora. Y a esta causa, Yo estoy determinado de las guardar, según que mis predecesores y Yo las habemos guardado hasta este tiempo; especialmente, lo que ha sido ordenado por los dichos mis predecesores, ansi en el Concilio de Constancia, como en otros.
Las cuales son ciertas, y gran vergüenza y afrenta nuestra es, que un sólo fraile, contra Dios, errado en su opinión contra toda la Cristiandad, así del tiempo pasado de mil años ha, y más como del presente, nos quiera pervertir y hacer conocer, según su opinión, que toda la dicha Cristiandad seria y habría estado todas horas en error. Por lo cual, Yo estoy dispuesto de emplear mis Reinos y Señoríos, mis amigos, mi cuerpo, mi alma, mi sangre, mi vida y mi alma; porque sería gran vergüenza a mí y a vosotros, que sois la noble y muy nombrada nación de Alemania, y que somos pro privilegio, y preeminencia singular instituidos defensores y protectores de la Fe Católica, que en nuestros tiempos no solamente heregia, más ni suspición de ella, ni disminución de la Religión Cristiana, por nuestra negligencia, en nosotros se sintiese, y que después de Nos quedase en los corazones de los hombres para nuestra perpetua deshonra y daño de nuestros sucesores. Ya oísteis la respuesta pertinaz que Lutero dio ayer en presencia de todos vosotros. Yo os digo, que me arrepiento de haber tanto dilatado de proceder contra el dicho Lutero y su falsa doctrina. Estoy deliberado de no le oír hablar más, y entiendo juntamente dar forma en mandar que sea tomado, guardando el tenor de su salvoconducto, sin le preguntar ni amonestar más de su malvada doctrina, y sin procurar que algún mandamiento se haga de como suso es dicho; e soy deliberado de me conducir y procurar contra él como contra notorio hereje. Y requiero que vosotros os declaréis en este hecho como buenos cristianos; y que sois tenidos de lo hacer como lo habéis prometido.

Hecho en Bormes a 19 de abril de 1521, de mi mano, Yo el Rey.

12 de Octubre, Festividad de la Virgen del Pilar, Día de la Hispanidad.


Cuenta la Tradición que el dos de enero (Fiesta de la Venida de la Virgen) del año cuarenta de la era Cristiana, la Santa Madre de Dios se apareció en carne mortal sobre un solemne Pilar al Apóstol Santiago, quien desesperado en su misión evangelizadora, se encontraba meditativo junto a un reducido grupo de cristianos hispanos en Caesar Augusta (Zaragoza).

Quiso así Nuestra Señora, mostrándose de esta forma singular -pues además de ser su primera aparición, fue la única que se produjo durante la propia vida carnal de la Madre de Dios-, transmitir al Pueblo Español por mediación de su principal heraldo, el Apóstol Santiago el Mayor, Patrón de España, su condición de pueblo elegido por el Señor para llevar la palabra de Dios hasta los confines del mundo.

Así lo reconoció posteriormente el Santo Padre Clemente XII, otorgando a la Festividad de la Virgen del Pilar la fecha del doce de Octubre, día histórico en que las naos castellanas descubrieron el Nuevo Mundo para la Cristiandad por medio de la Monarquía Hispana y sus heroicos hijos.

Oh Virgen del Pilar, Reina y Madre.
España y todas las naciones hispanas
Reconocen con gratitud tu protección constante
Y esperan seguir contando con ella.
Obténnos de tu Hijo fortaleza en la fe,
Seguridad en la esperanza
Y constancia en el amor.
Queremos que en todos los instantes de nuestra vida
Sintamos que tú eres nuestra Madre.

Por Jesucristo Nuestro Señor. 

Amén.

La Espada Lobera "San Fernando Rey, celebrado en su apoteosis canónica en la Sevilla barroca a través de una obra emblemática"



Aunque el Romano Pontífice Sixto V (1521-1590) confirmó la veneración que la iglesia española profesaba a Fernando III de Castilla, reconociéndolo como Santo Rey, el Papa Urbano VIII (1568-1644) vino a imponer severas restricciones al culto por lo que el proceso de la canonización del Rey se vio detenido hasta que, tras la defunción de Urbano VIII en 1644,  pudo reemprenderse con redoblado ímpetu para ser, por fin, proclamado santo por Su Santidad Clemente X (1590-1676) el 7 de febrero del año 1671. En todos los reinos hispánicos de aquende y allende el Atlántico celebraron tan feliz acontecimiento universal de la Iglesia Militante que reconocía al Santo Rey como bienaventurado miembro de la Iglesia Triunfante. Pero pocas ciudades celebraron con mayor efusividad la canonización de Fernando III el Santo como aquella que tuvo y tiene la gracia de custodiar sus santas reliquias: Sevilla.
El clero, la nobleza, los hombres cultos y los artistas, el pueblo… Todos: la totalidad de la población sevillana había sido celosa defensora de la santidad de Fernando III de Castilla y, conocida la buena nueva, se aprestaron a celebrar por todo lo alto tamaño evento en Sevilla. Los fastos fueron tan magníficos que el cabildo de la Santa Iglesia Metropolitana y Patriarcal de Sevilla encomendó a Fernando de la Torre Farfán (1609-1677) que registrara por escrito el relato de la fiesta con  las pompas y artificios que se erigieron en Sevilla por tan espléndido acontecimiento para la Iglesia y para España. Y el comisionado Fernando de la Torre Farfán compuso así un libro conmemorativo que, al que, a guisa de la época, puso el prolijo título: “Fiestas de la Santa Iglesia Metropolitana y Patriarcal de Sevilla. Al nuevo culto del señor Rey S. Fernando el tercero de Castilla y León; concedido a todas las Iglesias de España, por la Santidad de Nuestro Beatissimo Padre Clemente X…”, dándose a la estampa en la Casa de la viuda de Nicolás Rodríguez, Sevilla (faltaría más), el año de gracia de 1672.


 Don Fernando de la Torre Farfán
Era a la sazón Fernando de la Torre Farfán un erudito sacerdote, fino poeta y cronista, además de organizador de justas literarias y poéticas. Como su segundo apellido indica, Fernando pertenecía al esclarecido linaje de los Farfán de los Godos (antiguos godos cristianos –mozárabes- que se vieron a ser deportados a África, tras la expedición de Alfonso I el Batallador a las Andalucías, pero que durante la Reconquista retornaron a la península para engrosar las filas de los ejércitos cristianos). El mérito de la autoría del libro que conmemoró la canonización de San Fernando en Sevilla es, indudablemente, de Fernando de la Torre Farfán, pero el esplendor de las fiestas de que da cuenta no sería debido solo a Fernando de la Torre Farfán, puesto que al texto que fue de su Minerva, le acompañaron los impresores que pusieron toda su habilidad y los recursos técnicos de la época para que saliera de las prensas una obra encomiable no sólo por la materia que toca, sino por su concepción y forma. Y, además de la pulcritud con la que trabajaron los impresores para producir una obra maestra, hay que añadirle la calidad artística de los 21 grabados con los que la obra se estampaba, hechura de artistas de la talla de Juan de Valdés Leal (1622-1690), famoso por las excelentes obras pictóricas que exornan el Hospital de la Santa Caridad de Sevilla, y el mismo que también realizaría, a petición del cabildo catedralicio de Jaén, el óleo sobre lienzo de San Fernando Triunfante para la Santa Iglesia Catedral de Jaén, donde a día de hoy se conserva: aprovecho para decir que uno de los grabados más excelentes de esta magna obra que comento guarda una inconfundible similitud con la composición del óleo de la catedral giennense (especialistas en Historia del Arte podrían afinar más que yo en la puntería en cuanto a la datación comparada de ambas obras artísticas). Además de Valdés Leal trabajarían en los grabados de este libro otros artistas como la misma hija del maestro Valdés Leal, Luisa Rafaela de Valdés Morales (nacida en 1654), el hermano de ésta e hijo de aquél, Lucas Valdés (1661-1725), Francisco Herrera “El Mozo” (1622-1685), Matías de Arteaga (1630-1703) y el genial Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682);  Murillo había empezado muy pronto a recopilar, junto a Francisco López de Caro, la representaciones iconográficas que sobre Fernando III el Santo existían en Sevilla.

Triunfo de la Canonización de Fernando III el Santo, Juan de Valdés Leal
La obra que nos ocupa, por lo tanto, es un caso paradigmático de un género bibliográfico a medio camino entre la literatura y la imagen que fue muy cultivado en la España de los Siglos de Oro hasta bien entrado el XVIII: el por lo general conocido con el nombre de “Emblemática”. La “emblemática” constituye un género hoy por desgracia desaparecido cuyos inicios pueden fecharse allá por el siglo XV, con la “Hypnerotomachia Poliphili” (El Sueño de Polifilo) de Francesco Colonna y los “Hieroglyphica” de Horapollo. En ella se dan la mano el arte de la memoria, los bestiarios medievales y la erudición humanista tan del gusto del Renacimiento. En el siglo XVI sería el milanés Andrea Alciato el que la elevaría a su máxima expresión, marcando un antecedente que inspiraría a otros que siguieron su estela como Giovio, Simeoni o Tasso. España no se quedaría rezagada y, tras las traducciones al castellano de las principales obras emblemáticas que se hacían en Europa (sobre todo en Italia), algunos españoles acometerían la labor de “fabricar” sus propios repertorios emblemáticos: así, humanistas polígrafos como Benito Arias Montano, el valenciano Juan de Borja, Juan de Horozco y Covarrubias, Sebastián de Covarrubias, el jiennense Juan Francisco de Villava irían dando sus “Emblemas”, “Empresas”, etcétera a las prensas, aunque -como hitos principales de la “emblemática” española- hemos de citar la “Idea de un príncipe político christiano, representada en cien Empresas” de Saavedra Fajardo o el tratado de Baltasar Gracián titulado “Agudeza y arte de ingenio”. Los jesuitas prestarían especial atención a esta modalidad literaria-iconográfica, en virtud de las mismas enseñanzas que habían recibido de su Padre Fundador San Ignacio de Loyola, éste -en los “Ejercicios Espirituales”- empleaba recursos eminentemente de la “imaginación” para la meditación eficaz que condujera al practicante a la transformación radical de su vida, encaminando ésta en derechura a su salvación.

Pero la emblemática también se aplicó como método didáctico con motivo de acontecimientos que se celebraban en la España de los Siglos de Oro: canonizaciones, exequias, visitas de la Familia Real a una ciudad… Eran acompañadas por la fastuosa construcción de arquitecturas efímeras que se levantaban para boato de aquellos acontecimientos, solemnizándolos. Y, como aquellas tramoyas materiales con sus cartones, gráficos y poemas de ocasión, se retiraban al término de los actos que se celebraban, las autoridades que los sufragaban solían encargar a un cronista que tomara buena nota de todo lo que se había desarrollado con motivo del evento en cuestión, para memoria perpetua. Así es como nos dice D. Antonio Martínez Ripoll: “…las primeras obras conocidas de este género y que al mismo tiempo son manifestaciones artísticas dignas de aprecio se dan en España en los festejos públicos en los que la Corona, la Iglesia, los concejos o cualquier otra institución levantaban aparatos de arte efímero, encargando la futura memoria de los sucesos de carácter festivo y conmemorativo a la imprenta, por medio de establecer la relación del evento con la descripción de los programas iconográficos utilizados para celebrar las entradas reales, las exequias de personajes ilustres, las procesiones, los autos de fe, las canonizaciones de santos, etcétera, en los que se advierte la utilización de emblemas, empresas y jeroglíficos concebidos y ejecutados según las normas canónicas fijadas, y ello mucho antes de que existieran los libros propiamente emblemáticos. Lamentablemente, de este material efímero, destinado a desaparecer en el momento en que se retirasen los aparatos y catafalcos levantados para la ocasión, no ha quedado más rastro que esas descripciones” (Antonio Martínez Ripoll, “Iconología y Emblemas en los siglos XVI y XVII”, en “Las Enciclopedias en España antes de l’Encyclopédie”, obra de varios autores con Alfredo Alvar-Ezquerra como Editor, publicado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2009).

Es por esto último, por ser el testimonio sobreviviente de aquellas celebraciones festivas, por lo que este libro de Fernando de la Torre Farfán adquiere para nosotros, devotos de San Fernando Rey, un enorme valor. Aquella Sevilla de las postrimerías del siglo XVII, de arraigadas y fuertes devociones, se movilizaba para ensalzar a Fernando III el Santo en una apoteosis como nunca se viera antes, desplegando toda la pompa y magnificencia barrocas: hombres cultos y artistas arrimaban el hombro para conjuntamente ofrecer al pueblo hispalense unas jornadas que merecían ser recordadas a perpetuidad, incluso después de retirar todas las arquitecturas efímeras que se erigieron para solemnizar los oficios religiosos y el regocijo popular. Y gracias a éste libro de Fernando de la Torre Farfán podemos figurarnos el impacto que aquellas fiestas tuvo en la población de Sevilla.

En los emblemas que se realizaron para la celebración fernandina en Sevilla latía, como era la costumbre en estos casos, una fuerte intención didáctica: la de ofrecer a todos, desde el noble al pregonero, el ejemplo ensalzado de las virtudes heroicas de Fernando III de Castilla, como modelo perfecto de Rey Santo. Para ello, las palabras eran insuficientes: al mote o lema (consistente en una lapidaria y aguda sentencia breve que cifraba una enseñanza; que los tratadistas también llaman “alma” del emblema) había que aparejarlo con una imagen (llamada “pictura”, “imago” o “symbolum”) que, a través del poder visual icónico, trasladara al público que la contemplaba una imagen que, a la vez que plasmara exteriormente –en grabados y aguafuertes- un eficaz motivo visual, sirviera más fácilmente para anclarse en el destinatario que de este modo podría recordar mejor la enseñanza, interiorizándola y haciéndola suya. Esto se llegó a poner en pie en Sevilla, se desmanteló, pero por medio de este libro podemos asomarnos leyendo la relación que el autor compuso, con los grabados estampados que son trasunto de lo que se colocó en la ciudad. La altísima calidad de esta obra que vendría a ser como un reportaje de la época viene también dada por la exquisita factura de las obras pictóricas, para las cuales concurrieron en su realización las personalidades artísticas de la época, la flor y nata de los artistas hispalenses, que ya llevamos arriba dicho.

El libro, por lo tanto, no constituye una biografía –hagiografía, dijéramos mejor- de San Fernando Rey, sino que es el documento de unas jornadas apoteósicas que mantuvieron a Sevilla en vilo, amenizando y admirando a la muchedumbre con los recursos del ingenio y el arte. Es por ello que Fernando de la Torre Farfán, en la dedicatoria al Rey Nuestro Señor, establece el límite de su propósito, declarando que: "No es mi asunto, pues, escribir tan grande Historia, sino solo presentarle a V. M. en la descripción destas Fiestas la Vida maravillosa, y las Hazañas Inclítas de un Monarca verdaderamente Héroe, y con toda Perfección Santo". (A partir de ahora, cuando reproduzcamos pasajes textuales del libro que nos atañe, advertimos que corregimos sobre la marcha la grafía de la época, para facilitar la comprensión del lector actual).

Para hacernos una ligera idea de la sobrecogedora parafernalia barroca y el efecto que produjo en el pueblo fiel, hagámonos eco de algunos pasajes del mismo cronista que, por ejemplo, nos traslada que el clero y las autoridades fueron a "visitar la urna gloriosa del Señor Santo Rey, donde ya estaba colocado un simulacro de su sagrada efigie, formado de elegante talla, su sitio sobre el altar [...] donde nuestro prelado con solemnidad y ternura pronunció la oración: "Deus, qui Beatum Ferdinandum..." a quien respondió el Coro con la Música, los ojos del innumerable pueblo con lágrimas". El sentimiento de un pueblo entero a flor de piel: “los ojos del innumerable pueblo con lágrimas” responde a la oración. Allí clero, nobles, pueblo llano unidos todos bajo San Fernando Rey en su triunfante proclamación de santidad. La relación también describe la admirabilísima belleza y engalanamiento con que todo había sido hecho, estudiado al detalle con el esmero que solo un pueblo artista es capaz. Ahí está todo aquello, levantándose otra vez en nuestra imaginación lectora mediante el poder evocatorio de la palabra: las construcciones que se alzaron para el evento, las medidas, los arcos, los catafalcos, los enseres empleados, la disposición armoniosa y refulgente del arte, todo ello puesto al servicio de la edificación espiritual y moral de un pueblo entero: la belleza transfiguradora que eleva las almas a los altos sentimientos y enciende el fervor por los nobles ideales, que conmueve e impulsa al bien común. Oficios religiosos con la mayor de las unciones tridentinas, fuegos artificiales, jolgorios públicos, máscaras por las calles, desfiles a caballo de la nobleza... Y los emblemas. No podemos dar cuenta pormenorizada de emblema por emblema, pero no podemos resistirnos a mostrar algunos de ellos que son de este tenor:

Las armas del Rey Fernando y sus atributos monárquicos adquieren, a la luz del ingenio de los artífices de estos fastos, un poder simbólico condensado en estos tercetos que iban acompañados de sus respectivas imágenes hechas para la ocasión; así la loriga:

"Vistió el Sagrado Monarca
La Justicia: y hoy la obliga
A su loor, siendo Loriga".

El yelmo:

"Su frente ciñó de acero,
Que templado en la virtud,
Fue celada, y es salud".

Sus virtudes guerreras, su acometividad y beligerancia, esmaltan al Santo Rey transformándolo en un rayo del divino Redentor de sus reinos:

"Vistiendo Santa Venganza,
Y armado de Alto Rigor,
brilló Rayo, y Redentor".

Tampoco puede olvidarse la capa celestial con la que cubren los ángeles al Rey Fernando, admitido gozosamente a la Gloria de los Santos en premio de sus impecable servicio a Dios como Rey:

"Esta Capa de Zafiros,
En Premio de su Desvelo,
Le dio el Cielo por su Celo".

El cetro y la espada se convierten para el glorioso monarca en escalera a la bienaventuranza de la gloria que lo nimba:

"Deste Cetro, y desta Espada
Hago escala desde el suelo
Por donde subas al Cielo".

Para la época de los fastos estaba claro que las consecuencias de las empresas guerreras: la muerte y el cautiverio de los enemigos no es ni mucho menos para lamentar, al revés: es preciosa. Aquellos españoles que celebraban la canonización no sufrían en sus almas el mal de nuestros aciagos tiempos, cuando un reblandecido sentimentalismo pacifista parece inducirnos al abandono de toda defensa propia en un impulso suicida, todo ello en virtud de una perniciosa interpretación del Evangelio:

"La Cadena, que el Gran Rey
Puso al Moro, como Pena,
Fue Preciosa, aunque Cadena".

En la guerra, se mata o se muere, se es derrotado o se vence en gloria. Y es la Cruz la que guía y la que otorga todo Triunfo:

"Cruza, Moro, que esta Cruz,
Que hace mía la Victoria,
Hará de entrambos la Gloria".

La fe del Rey, acrisolada en la prueba de la guerra santa:

"Mi Fe bastará a vencer
Aquella espada encorvada,
Pues Dios ayuda mi espada".

Pero es ese mismo rey, quien por sus virtudes cristianas y caballerescas, prepara el advenimiento de la Edad de Oro, vaticinada en sus versos por Hesíodo o Virgilio, así como por otros poetas clásicos:

"Por ti vuelve el Siglo de Oro,
Pues supo amistar tu mano
El moro con el cristiano".

Tampoco se olvidan los artífices de estos lemas de agradecer al Santo Padre de Roma Clemente X que fuese el Papa que proclamase la santidad de Fernando III, terminándolo por confirmar en su canonización universal que el pueblo hispánico sentía desde hacía siglos y desde centurias atrás anhelaba:

"El Áncora de Clemente
Me aseguró la Victoria
De Sevilla y de la Gloria".

Ha sido mi propósito presentar someramente una obra impresa que constituye un hito a tener en cuenta para todos los devotos fernandinos. Espero que estos párrafos que a ella he dedicado estimulen al conocimiento de esta obra emblemática que no tiene parangón en su género y constituye para la temática fernandina un objeto precioso como testimonio de nuestra Tradición, tradición fernandina a cuyo estudio estamos consagrados por voto, como súbditos y caballeros que somos de San Fernando Rey.   


Manuel Fernández Espinosa
Caballero de San Fernando

* Manuel Fernández Espinosa (Torredonjimeno, Jaén, 1971) es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por Salamanca, diplomado en Ciencias Religiosas por la Pontificia de Comillas y caballero de la Orden de Ballesteros y Caballeros de la Vera Cruz de Fernando III el Santo de Santa Elena.

La Espada Lobera; "La izquierda y sus referéndums"


Llevamos una temporada escuchando a partidos de corte populista e independentista, –todos ellos comunistas– pedir continuamente más democracia para el pueblo, articulada en referéndums y plebiscitos para tomar todo tipo de decisiones.
Como si España fuese una especie de Confederación Helvética en la que las cuestiones del día a día se deciden de un modo comunal mediante el recurso a la consulta electoral continua, determinados partidos exigen incansablemente una representación más directa –casi casi asamblearia–, olvidando que el principio de legalidad y el respeto a la ley son tan importantes como el derecho a decidir de los ciudadanos.
Llevamos ya unos cuantos años escuchando a los independentistas catalanes su cantinela repetitiva y monótona: un supuesto derecho a decidir sobre su destino en un referéndum sin garantías legales. Cada vez está más claro que el referéndum catalán no es otra cosa que una maniobra de distracción para ocultar el foco del verdadero problema: la absoluta corrupción que inunda hasta el último recodo de la administración catalana. 
Pero esta maniobra de encubrimiento ha sido comprada por la izquierda independentista y antisistema para romper la soberanía nacional que emana de todo el pueblo español (y no de una región en concreto).

El cinismo y los referéndums

No hay un recurso más querido por la izquierda que un referéndum; y más si este es de carácter plebiscitario. La izquierda ama este tipo de consultas electorales porque habitualmente dejan en evidencia al poder establecido. Eso de nadar entre dos aguas no vale para las consultas de este tipo, salvo que sean verdaderos maestros del cinismo.


Uno de los mayores despropósitos vividos en España fue durante la campaña electoral para el referéndum de permanencia en la OTAN. Memorable fue la postura de Felipe González, que había defendido desde la oposición el eslogan “OTAN, de entrada no”, para luego convocar la consulta pidiendo el voto afirmativo a la permanencia de España en la Alianza Atlántica. Por el contrario, Manuel Fraga, partidario de la OTAN, pidió la abstención con la esperanza de que González dimitiese si perdía el referéndum.
Cuando un gobernante sucumbe y delega en el pueblo –mediante la convocatoria de referéndum– las decisiones difíciles que no quiere tomar directamente, automáticamente se convierte en un político amortizado. Porque es seguro que quedará como un tibio, como un cínico o como un tonto.

Los referéndums los carga el diablo y los disparan los idiotas

Muy cerca en el tiempo tenemos el caso de David Cameron. El premier británico, uno de los políticos más simples y temerarios del panorama político actual, prometió la convocatoria de un referéndum independentista en Escocia como forma de asegurar su puesto en Downing Street. Y esa intención electoralista le salió bien la primera vez.
La victoria en el referéndum escocés le hizo perder completamente la perspectiva y se creyó invencible. De esa falta de visión política –en alguien lleno de contradicciones y que siempre ha antepuesto el poder a la ideología– salió el Brexit. Como un jugador de ruleta rusa adicto a la adrenalina, puso de nuevo a su país al borde del colapso al convocar otra consulta electoral. Una consulta que perdió, en contra de lo que él mismo creía (y las encuestas vaticinaban).

El plebiscito por la paz

El último caso de referéndums inspirados por la izquierda populista viene del otro lado del charco.
Durante años, los gobiernos legítimamente constituidos de Colombia tuvieron que hacer frente a una guerrilla narco-terrorista de corte izquierdista. Una guerrilla, la de las FARC, que se erigió en uno de los cárteles de la droga más importantes del mundo. Pero como no hay mejor cosa que revestir de un tamiz ideológico comportamientos delictivos, la izquierda mundial siempre consideró aceptable la lucha de estos terroristas que vivían de matar, secuestrar y extorsionar al pueblo colombiano, mientras se hacían de oro con el tráfico de drogas.
Gracias a las presiones de gobiernos populistas de izquierdas como el cubano o el venezolano, se obtuvo un acuerdo de paz verdaderamente beneficioso para los matones de las FARC, que pasarían a la vida civil –incluso recibiendo prebendas y cargos políticos– sin recibir ni el más mínimo castigo por los crímenes cometidos.
El presidente Santos, antaño responsable de los mejores golpes operativos contra las FARC, pareció sufrir ese clásico síndrome de Estocolmo que tantos líderes políticos han sentido cuando negocian con terroristas y piensan que están pasando a la posteridad como estadistas acreedores del Premio Nobel de la Paz.
Sin embargo, sabía que aquel acuerdo partiría en dos a la sociedad colombiana, resquebrajándola hasta los cimientos. Por eso, en lugar de someter el acuerdo de paz al beneplácito del parlamento colombiano, prefirió profundizar en la herida abierta y convocó un “plebiscito por la paz”.
El propio nombre del referéndum ya anunciaba la terrible perversión de la consulta. ¿Acaso alguien está en contra de la paz? Santos se posicionó a favor de la “paz” e hizo campaña decidida pidiendo el “sí”, sin ser consciente de que ese “sí a la paz” implicaba que los más de 200.000 asesinatos cometidos por las FARC  quedarían impunes.
El pueblo ha hablado y una vez más le ha llevado la contraria a sus líderes. Por una pequeña diferencia ha rechazado esa infame “paz” que pretendían imponerles. Ahora no tendrán otro remedio que re-negociar los términos del acuerdo.
Y como viene siendo habitual –cuando los resultados de los referéndums van en contra de los intereses de la izquierda–, la maquinaria mediática se ha puesto a funcionar a pleno rendimiento para dejar claro que el pueblo solo acierta si comulga con sus demagógicos postulados. De lo contrario, el pueblo es tonto y no merece decidir.

Así es la izquierda y sus referéndums. 

Ricardo Botín Fernández-Maríñez
A.C.T. Fernando III el Santo

Espada Lobera "La ignominia permanente"



El pasado día uno de Septiembre asistimos a la enésima demostración de la putrefacción institucional en la que se encuentra sumida en la actualidad la vida política española; y no me refiero en este caso al esperpento de “no declaración de investidura” al que asistimos, y aún ni siquiera al bochorno para los sentidos que representó ver una vez más en el “Congreso de los Diputados” a decenas de tipos desarrapados y amenazantes, insultantemente orgullosos de ostentar el voto de la ignorancia, el miedo y la podredumbre moral; dignos representantes de las lacras separatista y pseudo-izquierdista. No, en este caso me refiero a la sorprendente e inaceptable declaración institucional de apoyo al mal llamado proceso de paz colombiano, apoyada por unanimidad por todos los grupos de la Cámara.
Que el diputado representante del Partido Comunista Alberto Garzón proponga el consenso de tal proceso, y que muchos de los partidos que habitan la Cámara de la Carrera de San Jerónimo lo apoyen, no puede sorprendernos; pues no deja de ser una pica más en la línea que lleva esta gente a la hora de legitimar a los grupos terroristas de izquierda (en España tenemos experiencia sobrada), igualando su posición y derechos, no con tal o cual estado (de los que también cabría hablar en otro momento de su legitimidad), sino con todas aquellas personas que nunca se han dedicado ni a asesinar, ni extorsionar, en nombre de ideología alguna. Así las cosas, lo verdaderamente sorprendente, o quizá ya ni eso, es que otros partidos que se llaman a sí mismos legalistas y constitucionalistas apoyen tal comunicado en consenso general, sin apenas inmutarse, cuando ni siquiera la mayoría de los colombianos lo apoyan.
Seamos claros, con el consenso de los partidos representados en el Parlamento a la declaración de apoyo al vomitivo “plan de paz” del presidente Santos, los actuales representantes del Estado Español legitiman de forma repugnante el derecho de cualquier grupo terrorista (si es de izquierdas claro está) a negociar sus propuestas y condiciones. En el caso español, llevamos al menos una década soportando con deshonra y hastío a partidos políticos salidos del terrorismo izquierdista en todo tipo de instituciones; de las que además se nutren económicamente con dinero obtenido muchas veces de los impuestos que el estado recauda a sus propias víctimas. Y ahora, quizá para que esta España ruinosa (al menos moralmente) no soporte en soledad esta vergüenza, vemos que los representantes del Estado, aunque algunos con la boca pequeña se quejen de esta situación, apoyan en conjunto que ocurra la misma indecencia en Colombia, a pesar de que como he recordado, la mayoría del valiente pueblo caribeño lo desapruebe. Es innegable, que cualquiera que se moleste minimamente en informarse de las medidas que aporta dicho “acuerdo de paz” redactado en la "Cuba Castrista", se dará cuenta de que no se trata más que de otorgar la victoria a los no más de 8.000 terroristas que se mantienen en las FARC, frente a todo el pueblo colombiano. Quizá para entenderlo plenamente, debiéramos darnos cuenta de los oscuros intereses que algunos pretenden “limpiar” y salvaguardar a toda costa; y no hay duda de que visto así, tanto los llamados "procesos de paz", como las "primaveras árabes" siguen siendo infalibles elixires para despistar al vulgo. Pero eso ya es harina de otro costal.
Con todo, y no es baladí, esto no fue lo más ignominioso a lo que asistimos los que nos molestamos en ver la farsa de la de nuevo “no declaración de investidura” el pasado primero de Septiembre. No, lo peor, por sintomático del vasallaje al extranjero que representa para España, y absoluta falta de amor por nuestra Historia y derechos, fue escuchar al iniciar la lectura de la declaración de apoyo a la señora Alicia Sánchez Camacho, denominando a nuestra querida tierra Hispano Americana, con el falso y detestable apelativo de “Latino América”; que como todos sabemos, presupongo, fue un término inventado por la masonería más jacobina y anti-española del siglo XIX. Como se tuvieron que relamer en su escaño al escuchar esto los miembros del Partido Comunista que redactaron la asquerosa declaración, y todos aquellos que se alimentan del odio a España.

Luis Carlón Sjovall
A.C.T. Fernando III el Santo

Pregón de San Antolín 2016

Bien sabido es que desde nuestra Asociación tenemos como uno de los objetivos prioritarios, el resaltar y fomentar la cultura y tradiciones de nuestra tierra. Por ello, y por segundo año consecutivo, hemos contribuido con las Fiestas patronales de Palencia, que se celebran en honor a San Antolín el dos de Septiembre, con la organización de un Pregón que recuerde el verdadero sentido de estas fiestas, que al igual que en casi todos los lugares de nuestra Patria, hoy en día parece olvidarse. Este año, hemos contado con el honor de tener como pregonero a nuestro buen amigo José María Ruiz Ortega, quien además de un apasionado de su tierra, es sin duda, uno de los máximos conocedores de las tradiciones culturales palentinas. 

Adjuntamos a continuación un fragmento del Pregón de San Antolín de la ACT Fernando III el Santo, con el que nos deleitó Ruiz Ortega el pasado jueves uno de Septiembre, en el Centro Social Blanca de Castilla.


Pregón es una palabra que se refiere a una proclama. Los pregones eran muy importantes en la antigüedad, cuando no existían medios de comunicación masiva. El pregón es un acto de promulgación en voz alta, de un asunto de interés para el público y, particularmente, el acto con el que se inicia una celebración.  ¡Se hace saber a vuestras mercedes que los juglares, al igual que los antiguos pregones y los pregoneros, han sido sustituidos hoy día, por la radio y la televisión, donde además de transmitir información animamos y exaltamos lo que queremos pregonar! Actualmente en países como España se mantiene este tipo de pregón. En concreto, es habitual que cuando se van a realizar las fiestas de una ciudad o pueblo, se invite a un personaje ilustre para que dé un pregón. Con el pregón no sólo se inaugura la programación de actividades organizada, sino que además se procede a ensalzar ese evento y se anima a los vecinos y a los visitantes a que disfruten de estos días de asueto.
Hoy, este humilde y atípico pregonero se asoma al balcón cultural de esta genuina Asociación Tradicionalista para invitaros a que nos animemos en la conmemoración de San Antolín. Cómo no, para unirse y aunarse de forma festiva, olvidar el pasado faenario por unos días, para celebrar juntos las ferias y fiestas del Santo Patrono de Palencia, San Antolín.
No es día de convocar mesnadas, porque de eso se encargan y saben mucho más “vuesas” mercedes, valerosos caballeros que velan por la historia, a quien tengo el honor de dirigirme. Y os emplazo recordar algo que pudo ocurrir para que este Antolín o Antoninus, recibiera la palma del martirio allá por el siglo VI.  
Los datos sobre este santo son muy confusos, la historia y la leyenda se entrelazan de forma confusa, hasta al punto que en ocasiones, se asimila su figura a la de Antonino de Apamea, mártir de Siria. Que en aquella época también mataban cristianos en Siria. En lo poco que se conoce, se mezcla lo legendario con lo real. En la vida de Antolín, parece ser que la pérdida de sus padres, cuando él tenía apenas diez años de edad, fue su desgracia. Le educó un tío suyo llamado Teodorico, que era rey de Tolosa (reino visigótico del actual Toulouse) y vivía en las sombras de gentilismo (gentilidad, idolatría y paganismo). Como Antolín había vivido las máximas de la religión verdadera, y éstas habían echado profundas raíces en su tierno corazón, de ninguna manera podía consentir ser educado en las supersticiosas instrucciones que, por orden del rey, se le daban. Practicaba Antolín la religión cristiana y sus maestros se lo dijeron al rey. Se enfadó Teodorico y determinó castigar en Antolín, a los que él juzgaba extravíos de su razón. El santo mancebo percibió el real enojo que le amenazaba y huyó del palacio. Huyó a Roma y después, entró en un monasterio en Salerno, donde se ordenó sacerdote y vivió en la contemplación y en los rigores de la vida eremítica, durante dieciocho años. Realizó allí muchos milagros y quiso Antolín visitar a su tío, pensando que la cólera habría cedido en su corazón, pero Teodorico sin reparar en los lazos de parentesco que le unían a Antolín le cargó con cadenas y encerró en un calabozo. Un Ángel enviado por el cielo le libró de las cadenas y le sacó de la cárcel (un comando divino). A Teodorico le sucedió Gesaleico, pariente también de nuestro Santo, y no menos impío y cruel que su antecesor. Cuando se recrudeció la persecución huyeron al desierto junto con el joven Almaquio.
Ambos fueron descubiertos por los soldados y les cortaron la cabeza. No me pregunten como han llegado las reliquias de San Antolín a Palencia que han obrado milagros, (creo que la cabeza y un omóplato)
La leyenda narra que el rey don Sancho, hallándose de caza en la espesura de un bosque, en el lugar donde hoy se extiende la ciudad de Palencia, divisó un jabalí, que en su huida fue a refugiarse en una oquedad del terreno (la cripta de San Antolín, aún en pie hoy bajo la catedral gótica de nuestra  ciudad). Adentrándose el rey en la misma, se disponía a lanzar una flecha para matar al animal, cuando su brazo quedó paralizado, comprendiendo el rey que estaba en un lugar santo y que había sido castigado por cometer sacrilegio. El monarca hizo entonces un voto por el que si recuperaba de la repentina parálisis levantaría una catedral en el lugar. Al instante quedó curado. Agradecido el rey Sancho por el milagro, y halladas las reliquias del mártir que habían quedado abandonadas durante la invasión musulmana, se erigió el templo en cumplimiento de la promesa. Debido a esto la catedral palentina está dedicada a San Antolín. Esta leyenda se puede dramatizar y realizar un bonito guion para radio, televisión o cuenta-cuentos.
Yo pretendo ser mucho más festivo, y los recuerdos de Sanantolines me llevan al panorama de la década de los sesenta en las inolvidables verbenas de la Huerta de Guadián antes de que ocupara un espacio la ermita de San Juan Bautista, de Villanueva del Río. Música en directo, de conjuntos y sus vocalistas (así denominábamos a los grupos musicales), con las canciones que han sonado hasta nuestros días. Si había sido buena cosecha, había buenos Sanantolines. Recuerdo el ferial de ganado, con el guirigay de los tratantes y los “antolines” llegados a vender ovejas de desecho o cancinas churras para criar. Caballos de tiro, de silla o de trote en las serrets o tílburi.
De Cervera venían buenos potros a medio domar, que los gitanos con mucha habilidad eran capaces de hacer trotar al penco más ruin. Recuerdo los olores, entre el estiércol y las manzanas rebozadas de caramelo y el guirigay de los vendedores de baratijas, los auténticos pregoneros, sacamuelas y los charlatanes que siempre fascinaban con su facilidad de palabra y ocurrencias, unos auténticos comunicadores, claro que las repetían todos los días y en todos los lugares. Se comía en el ferial, cuando agonizaban los tratos, salían a relucir las alforjas, la bota y las fiambreras (que ahora llaman tapers) la tortilla y chorizos sacados de la olla. Los meloneros hacían su agosto con sus carros con redes para evitar a los ladronzuelos, que muchos había en estos mercados y ferias. Mi padre me llevó alguna vez, dejaba al mozo de mulas y me llevaba a comer al Hotel Iberia (Antonio Maura) o Touchar en la calle “Carnicerías”, hoy Barrio y Mier.....

José María Ruiz Ortega
Pregón de las fiestas y ferias de San Antolín

"Plaza Batalla de Golpejera" en Villarmentero de Campos


El pasado veintisiete de Agosto, una representación de nuestra Asociación estuvo presente en la inauguración de la “Plaza Batalla de Golpejera” en la localidad palentina de Villarmentero de Campos; donde el seis de Enero de 1072 se enfrentaron las huestes de los reinos de León y Castilla. Dos hermanos, Sancho “el Fuerte” y Alfonso “el Bravo”, llevaban pugnando por el dominio de ambos reinos desde que su padre, el rey Fernando “el Magno”, dividió a su muerte la Corona castellano-leonesa entre sus hijos. La Batalla de Golpejera, reconocida como la mayor contienda bélica entre los reinos hermanos, fue vencida finalmente por Sancho, poniendo fin momentáneamente al litigio entre los herederos; y probablemente habría pasado a la posteridad como decisiva en el devenir de la Historia de España, si no hubiese muerto Sancho unos meses después a manos del noble leonés Vellidos Dolfos, durante el asedio de Zamora, que se encontraba aún en poder de su hermana Urraca, infanta que mantenía, a pesar de las dificultades, lealtad a Alfonso. Con la muerte de Sancho, el leonés retornó del exilio toledano en que se encontraba para ceñirse las dos coronas, y comenzar así uno de los reinados más exitosos de nuestra Historia.
La Batalla de Golpejera se produjo con casi toda seguridad en la zona de Tierra de Campos que ocupa la localidad de Villarmentero, en pleno Camino de Santiago palentino, aunque sin duda debió de extenderse al menos hasta terrenos de las cercanas localidades de Lomas de Campos, Revenga de Campos y Villalcázar de Sirga, teniendo en cuenta el numeroso contingente de ambos ejércitos desplazados hasta la zona por ambos monarcas.

Representación de la ACT Fernando III el Santo, junto al alcalde de Villarmentero de Campos
Gentes de la zona con vestidos y pendones representativos de la época

Ciertamente, y a pesar del túnel oscuro en que se encuentra nuestra cultura e identidad, desde la imposición de los estándares de la mal llamada ilustración revolucionaria, poco a poco se va recuperando la conciencia en nuestra tierra de lo necesario que es recordar, realzar e investigar nuestra Historia y tradiciones; y por ello no podemos menos que agradecer a la corporación municipal de Villarmentero de Campos, con su alcalde Don Pedro Burgos a la cabeza, el corregir un olvido inaceptable de casi nueve siglos en la localidad, dedicando ahora una plaza a la Batalla de Golpejera. El acto, al que se acercaron numerosas gentes de la zona, contó además como colofón con la presentación del libro “Hacia un solo Reino, La Batalla de Golpejera” a cargo de su autora Doña María Antonia Mantecón.


http://actfernandoiiielsanto.blogspot.com.es/2016/01/batalla-de-golpejera-1072.html

La turbulenta sucesión de Alfonso VIII


Nuevo podcast de la "Tertulia de la Historia" de la A.C.T. Fernando III el Santo, en el que Ricardo Botín y Luis Carlón repasan los hechos ocurridos en el Reino de Castilla desde la Batalla de Las Navas de Tolosa, en 1212, hasta la Proclamación de Fernando III el Santo como rey de Castilla en Autillo de Campos en el año 1217.

http://latertuliadelahistoria.com/podcast-6-la-turbulenta-sucesion-alfonso-viii/

"Don Sancho reina en Castilla"


Don Sancho reina en Castilla, / Alfonso, en León su hermano;
Sobre cual habrá ambos reinos / Muy gran lid han levantado.
Junto al río de Carrión / los reyes han batallado;
De sus gentes mueren muchas / Don Sancho perdiera el campo,
Y huyera de la batalla, / triste iba y muy cuitado.
Alfonso mandó a su gente / Que no maten a los cristianos;
Gran mancilla tiene de ello / Del rompimiento pasado.
Rodrigo Díaz de Vivar, / Ese buen Cid afamado,
A don Sancho su señor / Estábalo conhortando;
Díjole: -"Rey y señor, / Verdad es lo que os fablo,
Y es que las gentes gallegas, / Están con el vueso hermano,
Ahora están bien seguras / En sus posadas folgando,
Y no se temen de vos / Ni de los de vueso bando.
Faced volver los que fuyen, / Ponedlos sobre esa mano,
Y tras el alba venida / Con esfuerzo denodado
Ferid en todos muy recio / Leoneses y galicianos,
Y con muy fuerte, a sobrebienta / Con ánimos esforzados
Ca ellos ha por costumbre / Cuando ganan algún campo
Alabarse de su esfuerzo / Y escarnecer al contrario,
Y como gastan la noche / en placer y agasajando,
Dormirán por la mañana / Como homes sin cuidado;
Y vos buen rey venceréis / Y quedaréis bien vengado."
Muy bien le pareció al rey / Lo que el Cid le ha aconsejado;
El rey con todas sus gentes / Firieron en los contrarios,
Unos matan, otros prenden / Todos son desbaratados;
Prendieron al rey Alfonso / En un templo consagrado,
Cuando vieron los leoneses / Su señor aprisionado,
Pelean muy fuertemente, / Prendieron al rey Don Sancho,
Y catorce caballeros / Lo llevan a buen recaudo.
El buen Cid cuando lo vido, / En su alcance es ya llegado,
Y díjoles: "Caballeros, / Soltad mi señor de grado,
Darvos he yo a don Alfonso / De quien erades vasallos."
Respondieron los leoneses / Al de Vivar afamado:
-"Ruy Díaz volveos en paz, / sino iréis aprisionado
Con vuestro señor el rey / Que con nusco aquí llevamos."
Gran enojo tomó el Cid / De lo que habían hablado:
Peleó con todos ellos, / Y a su señor ha librado.
Los trece deja vencidos, / El uno se había escapado.
A Burgos llevaron preso / A Alfonso del rey hermano,
Por el gran esfuerzo y fechos / De aqueste Cid castellano.

Lorenzo de Sepúlveda
Romances nuevamente sacados de las historias antiguas de la Crónica de España, Amberes (1551)

El Señorío de Poza en el Monte del Rey

Estado de Poza

No cabe duda de que las piedras nos hablan con mucha más autoridad que la mayoría de las personas; pero para poder comprender lo que nos transmiten, es preciso observarlas con el corazón para así reconocer en ellas la memoria que nos transmiten. Haciéndolo así, entenderemos, sin que nada ni nadie nos turbe el conocimiento, lo que en verdad un día fuimos, y de este modo recuperar lo que en verdad debemos ser.
La Historia de España está escrita en las piedras de sus castillos, iglesias, cruceros, murallas blasones, lápidas y monumentos; y es así en tanto que todos los pueblos que pasaron a lo largo del tiempo por la Península Ibérica nos dejaron su legado cultural, siendo la Roma cristiana quien finalmente logró forjarnos el trascendental sentido que nos unificó como pueblo. Y ese sentido, se transformó en destino esencial desde aquel glorioso día en que el rey Don Pelayo se levantará con la Cruz en Covadonga frente al invasor extranjero.
Para quienes como el que suscribe estas líneas, hemos tenido la dicha de ser castellanos y vivir en sus tierras, las piedras de nuestro pasado forman parte del paisaje cotidiano. Personalmente, desde muy joven siempre me sentí atraído por la mística que desprenden, hasta el punto de aprender a “escucharlas”, y es quizá en buena parte por ello que entiendo el mundo de manera diferente a la mayoría de mis contemporáneos. Sin duda, en este mundo posmoderno donde la búsqueda de la belleza, la justicia y la virtud, parecen haber perdido su sentido, las piedras de nuestra tierra nos recuerdan cual sigue siendo nuestro destino y deber. Sirva como ejemplo de este sentir, una pequeña parte del pasado que desde muy joven me transmitieron las viejas piedras del lugar en que nací.


 Fue durante la etapa que transcurrió entre finales del siglo XIII, desde el nombramiento del séptimo Señor de Rojas, Don Juan Rodríguez de Rojas, como primer Señor de Poza, y el nombramiento de Don Juan de Rojas y Rojas -ya en el siglo XVI- como primer Marqués de Poza, cuando se configuró la actual estructura arquitectónica del caserío del Monte del Rey, nombrado generalmente como “castillo” en las crónicas y mapas antiguos, y que a buen seguro albergó en numerosas ocasiones a los diferentes reyes de Castilla que durante este tiempo fueron, dando así nombre al lugar.

 Si bien el extenso monte que comprendía dicha propiedad en la época, así como numerosos territorios de las actuales provincias de Palencia y Burgos, pertenecían a la casa de Rojas al menos desde el siglo X, es durante el tiempo en que gobiernan los Señores de Poza (Señorío originario de la localidad de Poza de la Sal en la comarca burgalesa de La Bureba), cuando establecen en el Monte del Rey, uno de sus palacio-fortalezas principales; produciéndose así durante ese tiempo algunos de los hechos históricos más significativos ocurridos en el lugar. Actualmente, aún se pueden contemplar en el Monte del Rey tanto el viejo caserón principal construido seguramente durante el gobierno del tercer Señor de Poza, así como la pequeña iglesia consagrada a San Bruno, y que fue añadida al “castillo” en el siglo XVI, ya en época del marquesado de Poza.

 Las antiguas crónicas heráldicas, nos indican que el primer Señor de Poza fue Don Juan Rodríguez de Rojas (nacido en 1285), quien además ostentaba los títulos de séptimo Señor de Rojas, Señor de Pedrajas, Justicia Mayor de la Casa del Rey y Adelantado Mayor de Castilla. Este Juan Rodríguez, fiel colaborador del rey Sancho IV el bravo, casó con Doña Urraca Ibáñez de Guevara, matrimonio del cual nacieron Martín Ruíz de Rojas, Juan Ruíz de Rojas, Ruy Ruíz de Rojas y Hernán Ruíz de Rojas.
 El segundo Señor de Poza fue Don Lope Díaz de Rojas (nacido hacia 1310), quien además era Señor de Rojas, Merino Mayor de Guipúzcoa, Prestamero Mayor de Vizcaya y Adelantado Mayor de la frontera. Fiel colaborador del rey Pedro I de Castilla, casó con Doña Sancha de Velasco, de cuyo matrimonio nacieron Ruy Díaz de Rojas, Sancho Sánchez de Rojas y Sancha Díaz de Rojas. 
 Don Sancho Sánchez de Rojas (nacido sobre 1330) fue el tercer Señor de Poza, siendo probablemente durante su gobierno cuando se construyó el “castillo” del Monte del Rey. Este Sancho, que ganó fama en vida combatiendo a los moros de Granada, casó con Doña Juana de Toledo, naciendo de esta unión Lope Sánchez de Rojas y Sancha García de Rojas. Su hijo Don Lope no llegó a ser Señor de Poza, al morir antes que su padre, pero es posible que el escudo de la Casa de Mendoza que se conserva pertenezca a su esposa Doña María, hija de Pedro González, Señor de Mendoza y Mayordomo del rey Juan I de Castilla.
 Doña Sancha González de Rojas (nacida sobre 1360) fue la cuarta Señora de Poza. Mujer de recio carácter castellano, casó con Don Diego Fernández de Córdoba, Mariscal de Castilla y Señor de Baena con quien se encuentra enterrada en la Real Colegiata de San Hipólito de Córdoba. De este matrimonio nacieron Juan Rodríguez de Rojas, Pedro Fernández de Córdoba y Sancho de Rojas, quien fuese obispo de Astorga y Córdoba.
 A la muerte de Sancha, la sucedió como quinto Señor de Poza su hijo mayor Don Juan Rodríguez de Rojas (nacido sobre 1380), quien sirvió lealmente a los reyes Juan II y Enrique IV de Castilla. Contrajo matrimonio con Doña Elvira Manrique de Lara, naciendo del enlace Gómez Manrique de Rojas, Mencía de Rojas, Diego de Rojas, Sancha de Rojas y Marina de Rojas.
 En 1493, Don Diego de Rojas y Manrique de Lara (nacido sobre 1430) sucedía a su padre como sexto Señor de Poza. Casó con Doña Catalina de Castilla -nieta de Pedro I el cruel-, y de cuyo enlace nacieron Catalina de Rojas, María de Rojas y Elvira de Rojas.
 Doña Elvira Manrique de Rojas (nacida hacia 1460), fue la séptima Señora de Poza, contrayendo matrimonio con Don Diego de Rojas Pereira, a la sazón Señor de Monzón y Cabía. De este enlace nacieron Juan de Rojas, Isabel de Rojas, María de Rojas y Mencía de Rojas.
 Don Juan de Rojas y Rojas (nacido sobre 1485 en Monzón de Campos), fue el octavo y último Señor de Poza, y por lo tanto primer Marqués de dicho nombre, además de ostentar los títulos de Señor de Monzón y de Cabía. Obtuvo el título de marqués en 1530 a manos del rey Carlos I de España, en agradecimiento a su lealtad durante la guerra de las comunidades de Castilla; siendo en esta época -septiembre de 1527- cuando las crónicas flamencas recogen la presencia del ya Emperador -con quien Don Juan mantenía una estrecha amistad- en el Monte del Rey durante varias semanas.

Luis Carlón Sjovall (9-08-2016)